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Abu Simbel: Guía de viajes
Abu Simbel
Mientras sobrevuela la Baja Nubia - mítico reino de los “faraones negros” - hacia Abu Simbel, el viajero de hoy se queda inevitablemente fascinado por el panorama irreal y rico en contrastes que se desliza antes sus ojos: un cielo sin confines, una enorme extensión de agua, casi un “pequeño mar” azul, y todo alrededor un des... Seguir leyendo
Mientras sobrevuela la Baja Nubia - mítico reino de los “faraones negros” - hacia Abu Simbel, el viajero de hoy se queda inevitablemente fascinado por el panorama irreal y rico en contrastes que se desliza antes sus ojos: un cielo sin confines, una enorme extensión de agua, casi un “pequeño mar” azul, y todo alrededor un des... Seguir leyendo
Abu Simbel
Mientras sobrevuela la Baja Nubia - mítico reino de los “faraones negros” - hacia Abu Simbel, el viajero de hoy se queda inevitablemente fascinado por el panorama irreal y rico en contrastes que se desliza antes sus ojos: un cielo sin confines, una enorme extensión de agua, casi un “pequeño mar” azul, y todo alrededor un desierto de arenas infinitamente grande, del que emergen negras rocas volcánicas que la erosión ha modelado durante milenios. El inmenso lago (aproximadamente 500 km de largo – de los que 150 están en territorio sudanés – y un ancho de 5 a 10 km), situado a caballo entre Egipto y Sudán, protagonista reciente que ha cambiado la fisonomía de estos lugares, llamado “Nasser” por los egipcios y “Nuba” por los sudaneses, es el magnífico resultado de la construcción de la Nueva Presa de Asuán (Saad al-Alí). Pero la construcción de la presa tuvo también otra consecuencia extraordinaria: obligó al mundo a movilizarse para tratar de salvar un excepcional patrimonio cultural e histórico. Fue así que en 1963 los grandiosos templos de la Baja Nubia, destinados a ser engullidos por las aguas del futuro lago, fueron desmontados o cortados, transportados a una zona estable y segura y luego reedificados. La nueva presa hizo recobrar su importancia a esta vasta región bañada por el Nilo, que en los milenios pasados se había impuesto en el escenario de la historia.
En efecto, la Baja Nubia fue colonizada por los egipcios ya durante el Imperio Antiguo, en la época de la Dinastía IV (hacia el 2600 a.C.), cuando repetidas expediciones llegaron hasta la segunda catarata del Nilo. Sin embargo, la conquista propiamente dicha se puede fechar en el Imperio Medio y precisamente en la Dinastía XII (1955-1790 a.C.), bajo cuyos soberanos se construyeron en la Baja Nubia los primeros monumentos, sobre todo fortalezas. En particular, Sesostris III estableció en Semna la frontera sur de Egipto en el octavo año de su reinado e hizo edificar dos fortalezas en Semna Oeste y en Kumna (Semna Este).
Durante el Imperio Nuevo, en tiempos de la Dinastía XVIII (hacia 1552-1306 a.C.), algunos soberanos como el gran Tutmosis III, su hijo Amenhotep II y su nieto Tutmosis IV hicieron erigir numerosos e imponentes templos: sólo por dar algunos ejemplos, Kalabsha, Amada y el vestíbulo de pilares frente al santuario de Amada, hoy desaparecido. El objetivo que los faraones trataron de conseguir con la edificación de esos santuarios fue tal vez ofrecer un testimonio tangible de la potencia de los soberanos de Egipto y conquistar el favor incluso religioso de las poblaciones locales.
También el gran faraón Ramsés II, de la Dinastía XIX, se propuso continuar esa obra de colonización: decidió hacer edificar grandiosos monumentos en la región que se extiende entre la primera catarata del Nilo, Asuán, y la segunda catarata. Y así, en una estrecha faja de territorio nubio, por unos 300 km a lo largo de las márgenes del Nilo, hizo construir, además de los templos de Abu Simbel, cinco santuarios enteramente excavados en la roca o en parte edificados en obra de albañilería: Beit el-Wali, Gerf Hussein, Wadi el-Sebua, el-Derr y Aksha.
Los templos ramésidas nubios fueron destinados probablemente a las paradas de la barca del dios Amón-Ra, que en sus peregrinajes fluviales zarpaba de Elefantina hacia Aniba y Abu Simbel y luego regresaba a Egipto. Pero los santuarios tenían también otras finalidades más importantes, vinculadas a precisos motivos religiosos. Los tres dioses principales del panteón egipcio - Amón, Ra y Ptah -, presentes en todos los templos nubios, tenían que dar vida a una imagen única de la divinidad, y la figura del soberano aparecía en la cella de esos santuarios junto a los tres dioses para significar que el faraón constituía también él un aspecto de la esencia divina. Y puesto que Ramsés II pretendía ser la encarnación del dios Ra, divinizado justamente como el sol, terminó por sentir un especial afecto por Nubia, que los egipcios consideraban el país del oro y el sol, porque era región más cercana a la salida del astro y por lo tanto lugar privilegiado para la adoración de Ra y del soberano que lo encarnaba.
Con su emplazamiento estratégico incluso desde el punto de vista comercial, y sus intercambios con el mundo africano, mercado privilegiado para productos exóticos, oro, minerales y maderas preciadas, Nubia había disfrutado en varias oportunidades de una cierta autonomía administrativa, capaz de consolidarse hasta el punto de ver instalada en el trono de Egipto una dinastía nubia, la XXV, que reinó entre 713 y 664 a.C. Derrotados primero por los asirios y luego por el faraón Psamético II, de la Dinastía XXVI, los nubios se retiraron a sus propios territorios conocidos entonces como “Reino de Kush”, con capital primero en Napata y después en Meroe. Generaron así una cultura original, destinada a florecer todavía por más de un milenio antes de someterse al reino etiópico de Axum y al avance del desierto.
Mientras sobrevuela la Baja Nubia - mítico reino de los “faraones negros” - hacia Abu Simbel, el viajero de hoy se queda inevitablemente fascinado por el panorama irreal y rico en contrastes que se desliza antes sus ojos: un cielo sin confines, una enorme extensión de agua, casi un “pequeño mar” azul, y todo alrededor un desierto de arenas infinitamente grande, del que emergen negras rocas volcánicas que la erosión ha modelado durante milenios. El inmenso lago (aproximadamente 500 km de largo – de los que 150 están en territorio sudanés – y un ancho de 5 a 10 km), situado a caballo entre Egipto y Sudán, protagonista reciente que ha cambiado la fisonomía de estos lugares, llamado “Nasser” por los egipcios y “Nuba” por los sudaneses, es el magnífico resultado de la construcción de la Nueva Presa de Asuán (Saad al-Alí). Pero la construcción de la presa tuvo también otra consecuencia extraordinaria: obligó al mundo a movilizarse para tratar de salvar un excepcional patrimonio cultural e histórico. Fue así que en 1963 los grandiosos templos de la Baja Nubia, destinados a ser engullidos por las aguas del futuro lago, fueron desmontados o cortados, transportados a una zona estable y segura y luego reedificados. La nueva presa hizo recobrar su importancia a esta vasta región bañada por el Nilo, que en los milenios pasados se había impuesto en el escenario de la historia.
En efecto, la Baja Nubia fue colonizada por los egipcios ya durante el Imperio Antiguo, en la época de la Dinastía IV (hacia el 2600 a.C.), cuando repetidas expediciones llegaron hasta la segunda catarata del Nilo. Sin embargo, la conquista propiamente dicha se puede fechar en el Imperio Medio y precisamente en la Dinastía XII (1955-1790 a.C.), bajo cuyos soberanos se construyeron en la Baja Nubia los primeros monumentos, sobre todo fortalezas. En particular, Sesostris III estableció en Semna la frontera sur de Egipto en el octavo año de su reinado e hizo edificar dos fortalezas en Semna Oeste y en Kumna (Semna Este).
Durante el Imperio Nuevo, en tiempos de la Dinastía XVIII (hacia 1552-1306 a.C.), algunos soberanos como el gran Tutmosis III, su hijo Amenhotep II y su nieto Tutmosis IV hicieron erigir numerosos e imponentes templos: sólo por dar algunos ejemplos, Kalabsha, Amada y el vestíbulo de pilares frente al santuario de Amada, hoy desaparecido. El objetivo que los faraones trataron de conseguir con la edificación de esos santuarios fue tal vez ofrecer un testimonio tangible de la potencia de los soberanos de Egipto y conquistar el favor incluso religioso de las poblaciones locales.
También el gran faraón Ramsés II, de la Dinastía XIX, se propuso continuar esa obra de colonización: decidió hacer edificar grandiosos monumentos en la región que se extiende entre la primera catarata del Nilo, Asuán, y la segunda catarata. Y así, en una estrecha faja de territorio nubio, por unos 300 km a lo largo de las márgenes del Nilo, hizo construir, además de los templos de Abu Simbel, cinco santuarios enteramente excavados en la roca o en parte edificados en obra de albañilería: Beit el-Wali, Gerf Hussein, Wadi el-Sebua, el-Derr y Aksha.
Los templos ramésidas nubios fueron destinados probablemente a las paradas de la barca del dios Amón-Ra, que en sus peregrinajes fluviales zarpaba de Elefantina hacia Aniba y Abu Simbel y luego regresaba a Egipto. Pero los santuarios tenían también otras finalidades más importantes, vinculadas a precisos motivos religiosos. Los tres dioses principales del panteón egipcio - Amón, Ra y Ptah -, presentes en todos los templos nubios, tenían que dar vida a una imagen única de la divinidad, y la figura del soberano aparecía en la cella de esos santuarios junto a los tres dioses para significar que el faraón constituía también él un aspecto de la esencia divina. Y puesto que Ramsés II pretendía ser la encarnación del dios Ra, divinizado justamente como el sol, terminó por sentir un especial afecto por Nubia, que los egipcios consideraban el país del oro y el sol, porque era región más cercana a la salida del astro y por lo tanto lugar privilegiado para la adoración de Ra y del soberano que lo encarnaba.
Con su emplazamiento estratégico incluso desde el punto de vista comercial, y sus intercambios con el mundo africano, mercado privilegiado para productos exóticos, oro, minerales y maderas preciadas, Nubia había disfrutado en varias oportunidades de una cierta autonomía administrativa, capaz de consolidarse hasta el punto de ver instalada en el trono de Egipto una dinastía nubia, la XXV, que reinó entre 713 y 664 a.C. Derrotados primero por los asirios y luego por el faraón Psamético II, de la Dinastía XXVI, los nubios se retiraron a sus propios territorios conocidos entonces como “Reino de Kush”, con capital primero en Napata y después en Meroe. Generaron así una cultura original, destinada a florecer todavía por más de un milenio antes de someterse al reino etiópico de Axum y al avance del desierto.
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