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Estocolmo
Definida “ciudad entre las aguas”, “ciudad entre los puentes” o “ciudad sobre la isla”, Estocolmo se presenta en realidad como una ciudad extraordinariamente vivible, que descansa entre el verde de los bosques y el azul de los canales que separan las catorce islas sobre las que a lo largo de los siglos se fue expandiendo. Seg... Seguir leyendo
Definida “ciudad entre las aguas”, “ciudad entre los puentes” o “ciudad sobre la isla”, Estocolmo se presenta en realidad como una ciudad extraordinariamente vivible, que descansa entre el verde de los bosques y el azul de los canales que separan las catorce islas sobre las que a lo largo de los siglos se fue expandiendo. Seg... Seguir leyendo
Estocolmo
Definida “ciudad entre las aguas”, “ciudad entre los puentes” o “ciudad sobre la isla”, Estocolmo se presenta en realidad como una ciudad extraordinariamente vivible, que descansa entre el verde de los bosques y el azul de los canales que separan las catorce islas sobre las que a lo largo de los siglos se fue expandiendo. Según la tradición, fue fundada a mediados del siglo XIII por Birger Jarl, regente de su hijo Valdemar, rey de Suecia. En efecto, él hizo edificar en la isla de Stadsholmen una maciza fortaleza, destinada a defender las principales ciudades de la Suecia medieval. Pasada a la historia con el nombre de Fortaleza de las Tres Coronas, la misma fue el núcleo en torno al cual se formó la nueva ciudad, a partir de la que no por azar se conoce como Gamla Stan o “Ciudad Vieja”. Sin embargo, es lícito suponer que una zona ubicada estratégicamente en la conjunción del Mar Báltico y el Lago Mälar, en la confluencia de las principales rutas comerciales de la época – esenciales para las emprendedoras ciudades vikingas de la parte central y sur de Suecia – ya hubiese visto surgir otros asentamientos más antiguos. Lo cierto es que, a partir de 1252, fecha oficial de su nacimiento, Estocolmo conoció un ininterrumpido desarrollo económico y urbanístico, pero ligó también indisolublemente su suerte a la de Suecia entera. Fue así que cuando, en 1397 - después de la profunda crisis económica que atravesaban los países escandinavos en el siglo XIV -, las largas luchas por el predominio vieron prevalecer a la reina de Dinamarca y Noruega, Margarita (que reunió bajo su cetro toda Escandinavia al añadir Suecia, que entonces comprendía también Finlandia), Estocolmo fue la primera en expresar el malcontento de la población, exasperada por el aumento de los impuestos, que penalizaba pesadamente también el comercio. El siglo XV vio así la revuelta de los mineros de Dalarna, capitaneados por Engelbrekt, y la asunción de la regencia por parte de la familia Sture. Pero cuando en 1520 el rey Cristián II de Dinamarca, llamado el Cruel, invadió Suecia y ocupó Estocolmo, matando en batalla al regente Sten Sture y haciéndose coronar rey en la Catedral, el viento de la rebelión volvió a soplar entonces con renovada e inusual intensidad. Fueron entonces una vez más los mineros de Dalarna quienes prendieron la mecha, con una rebelión que en menos de un año habría de llevar a la expulsión del odiado soberano y de los daneses de Suecia, seguida de la subida al trono del jefe de los revoltosos, Gustavo Vasa, coronado con el nombre de Gustavo I.
Al cabo de poco tiempo, éste se reveló un sagaz y sabio gobernante, que concentró todos sus esfuerzos en la reactivación de la economía de Suecia en general y de su capital, Estocolmo, en particular. Fue mérito suyo si el Estado sueco logró recuperar una precisa y estable identidad nacional y si la monarquía hereditaria volvió a ser una forma de gobierno fuerte y sólida. Fue siempre Gustavo I Vasa quien favoreció la conversión de Suecia al protestantismo, apoderándose de las posesiones del clero a favor de las agotadas cajas del Estado. Una tan perentoria reestructuración del país y una intervención tan decidida en ayuda de la economía tuvieron positivas consecuencias: Estocolmo volvió a florecer comercial y urbanísticamente con una lenta pero progresiva evolución, que alcanzó su punto culminante durante los reinados de Gustavo II Adolfo (convencido fautor de la necesidad de expandir territorialmente Suecia y de ampliar y reestructurar radicalmente su capital) y de su hija Cristina. Esta última soberana, culta e inteligente, antes de convertirse al catolicismo y abandonar definitivamente Suecia tras su abdicación en 1654, logró hacer de Estocolmo una de las cortes más admiradas de Europa, meta predilecta de los intelectuales, artistas y hombres de letras más importantes del tiempo.
A ese rol de capital cultural, y no sólo de Suecia, Estocolmo se vio obligada a renunciar cuando subieron al trono soberanos belicosos, capaces de pasar su entera existencia combatiendo en los campos de batalla de media Europa, como en el caso de Carlos XII. Todo ello, sumado al subseguirse de pesadas derrotas (la de Poltava, en 1709, que comportó la pérdida del dominio sobre el Báltico, y la sufrida frente a Rusia en 1741, con la consiguiente pérdida de Finlandia), no fue provechoso para la vida del país y tampoco para su economía. Salvo un período de sustancial tranquilidad y de moderada reactivación en la primera mitad del siglo XVIII, el país tuvo que esperar el golpe de Estado que llevó al trono a Gustavo III, en 1772, para de veras cobrar de nuevo aliento. En efecto, este soberano ilustrado se preocupó grandemente por la suerte y la imagen misma de su país, convencido de que era de fundamental importancia que Suecia pudiese ver reflorecer su economía y que Estocolmo reconquistase el papel de capital cultural europea, que en el pasado había desempeñado de manera tan prestigiosa. A partir de entonces, el destino de Estocolmo no habría de cambiar: su expansión urbanística ya no conoció obstáculos, su interés por las actividades e iniciativas culturales siguió su derrotero y no cesó jamás, ni siquiera bajo la nueva dinastía de los Bernadotte, que subieron al trono en 1818 al extinguirse, con Carlos XIII, la estirpe de los Vasa. Mientras tanto, una hábil e inteligente alianza con Rusia y Prusia contra Napoleón Bonaparte le valió a Suecia la unión con Noruega, unión que duró inalterada hasta 1905. Se abría así, para este extraordinario país y para su capital, un período de paz en el que el progreso habría seguido su curso, sin comprometer jamás la vivibilidad del ambiente y con el máximo respeto por la vida y la humanidad.
Definida “ciudad entre las aguas”, “ciudad entre los puentes” o “ciudad sobre la isla”, Estocolmo se presenta en realidad como una ciudad extraordinariamente vivible, que descansa entre el verde de los bosques y el azul de los canales que separan las catorce islas sobre las que a lo largo de los siglos se fue expandiendo. Según la tradición, fue fundada a mediados del siglo XIII por Birger Jarl, regente de su hijo Valdemar, rey de Suecia. En efecto, él hizo edificar en la isla de Stadsholmen una maciza fortaleza, destinada a defender las principales ciudades de la Suecia medieval. Pasada a la historia con el nombre de Fortaleza de las Tres Coronas, la misma fue el núcleo en torno al cual se formó la nueva ciudad, a partir de la que no por azar se conoce como Gamla Stan o “Ciudad Vieja”. Sin embargo, es lícito suponer que una zona ubicada estratégicamente en la conjunción del Mar Báltico y el Lago Mälar, en la confluencia de las principales rutas comerciales de la época – esenciales para las emprendedoras ciudades vikingas de la parte central y sur de Suecia – ya hubiese visto surgir otros asentamientos más antiguos. Lo cierto es que, a partir de 1252, fecha oficial de su nacimiento, Estocolmo conoció un ininterrumpido desarrollo económico y urbanístico, pero ligó también indisolublemente su suerte a la de Suecia entera. Fue así que cuando, en 1397 - después de la profunda crisis económica que atravesaban los países escandinavos en el siglo XIV -, las largas luchas por el predominio vieron prevalecer a la reina de Dinamarca y Noruega, Margarita (que reunió bajo su cetro toda Escandinavia al añadir Suecia, que entonces comprendía también Finlandia), Estocolmo fue la primera en expresar el malcontento de la población, exasperada por el aumento de los impuestos, que penalizaba pesadamente también el comercio. El siglo XV vio así la revuelta de los mineros de Dalarna, capitaneados por Engelbrekt, y la asunción de la regencia por parte de la familia Sture. Pero cuando en 1520 el rey Cristián II de Dinamarca, llamado el Cruel, invadió Suecia y ocupó Estocolmo, matando en batalla al regente Sten Sture y haciéndose coronar rey en la Catedral, el viento de la rebelión volvió a soplar entonces con renovada e inusual intensidad. Fueron entonces una vez más los mineros de Dalarna quienes prendieron la mecha, con una rebelión que en menos de un año habría de llevar a la expulsión del odiado soberano y de los daneses de Suecia, seguida de la subida al trono del jefe de los revoltosos, Gustavo Vasa, coronado con el nombre de Gustavo I.
Al cabo de poco tiempo, éste se reveló un sagaz y sabio gobernante, que concentró todos sus esfuerzos en la reactivación de la economía de Suecia en general y de su capital, Estocolmo, en particular. Fue mérito suyo si el Estado sueco logró recuperar una precisa y estable identidad nacional y si la monarquía hereditaria volvió a ser una forma de gobierno fuerte y sólida. Fue siempre Gustavo I Vasa quien favoreció la conversión de Suecia al protestantismo, apoderándose de las posesiones del clero a favor de las agotadas cajas del Estado. Una tan perentoria reestructuración del país y una intervención tan decidida en ayuda de la economía tuvieron positivas consecuencias: Estocolmo volvió a florecer comercial y urbanísticamente con una lenta pero progresiva evolución, que alcanzó su punto culminante durante los reinados de Gustavo II Adolfo (convencido fautor de la necesidad de expandir territorialmente Suecia y de ampliar y reestructurar radicalmente su capital) y de su hija Cristina. Esta última soberana, culta e inteligente, antes de convertirse al catolicismo y abandonar definitivamente Suecia tras su abdicación en 1654, logró hacer de Estocolmo una de las cortes más admiradas de Europa, meta predilecta de los intelectuales, artistas y hombres de letras más importantes del tiempo.
A ese rol de capital cultural, y no sólo de Suecia, Estocolmo se vio obligada a renunciar cuando subieron al trono soberanos belicosos, capaces de pasar su entera existencia combatiendo en los campos de batalla de media Europa, como en el caso de Carlos XII. Todo ello, sumado al subseguirse de pesadas derrotas (la de Poltava, en 1709, que comportó la pérdida del dominio sobre el Báltico, y la sufrida frente a Rusia en 1741, con la consiguiente pérdida de Finlandia), no fue provechoso para la vida del país y tampoco para su economía. Salvo un período de sustancial tranquilidad y de moderada reactivación en la primera mitad del siglo XVIII, el país tuvo que esperar el golpe de Estado que llevó al trono a Gustavo III, en 1772, para de veras cobrar de nuevo aliento. En efecto, este soberano ilustrado se preocupó grandemente por la suerte y la imagen misma de su país, convencido de que era de fundamental importancia que Suecia pudiese ver reflorecer su economía y que Estocolmo reconquistase el papel de capital cultural europea, que en el pasado había desempeñado de manera tan prestigiosa. A partir de entonces, el destino de Estocolmo no habría de cambiar: su expansión urbanística ya no conoció obstáculos, su interés por las actividades e iniciativas culturales siguió su derrotero y no cesó jamás, ni siquiera bajo la nueva dinastía de los Bernadotte, que subieron al trono en 1818 al extinguirse, con Carlos XIII, la estirpe de los Vasa. Mientras tanto, una hábil e inteligente alianza con Rusia y Prusia contra Napoleón Bonaparte le valió a Suecia la unión con Noruega, unión que duró inalterada hasta 1905. Se abría así, para este extraordinario país y para su capital, un período de paz en el que el progreso habría seguido su curso, sin comprometer jamás la vivibilidad del ambiente y con el máximo respeto por la vida y la humanidad.
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