Marrakech
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131936_Hotel_Riad_Ifoulki
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397133_Hotel_Riad_Viva
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264002_Hotel_Kenzi_Club_Agdal_Medina
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237352_Hotel_Sofitel_Marrakech_Palais_Imperial
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69867_Hotel_Sofitel_Marrakesch_Lounge__Spa
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Precio y disponibilidad del Hotel Sofitel Marrakesch Lounge & Spa
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124633_Hotel_Les_Jardins_De_La_Koutoubia
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en Marrakech
213406_Hotel_Eldorador_Club_Palmeraie
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327027_Riad_Rabahsadia
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213153_Suite_Novotel_Marrakech
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Precio y disponibilidad del Suite Novotel Marrakech
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170185_Hotel_Riad_Nomades
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Guía de Marrakech
Planificación del viaje
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¿Por qué visitar Marrakech?Marrakech es una ciudad muy impresionante, única, muy diferente al resto y realmente vale la pena visitar, si quieres hacer una experiencia nueva y fascinante. Si no sabes nada de Marrkech antes de tu viaje, empieza leyendo inforamción general del país y vas a tener una idea más clara de cómo es el país.
También es recomendable reservar alojamiento de forma anticipada y así no sólo disfrutar de los descuentos pero también asegurarte que tienes una cama, como cada vez hay más túristas en la ciudad y los hoteles y riads se llenan rápidamente.
El clima en Marrakech es mediterráneo y seco. Hace muchísimo calor en verano, heladas son escasas. La media anual es de 22 grados.
País y gente
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¿Qué hay que ver en Marrakech?Marrakech consiste basicamente en dos partes: La gran Medina o el casco antiguo y la cuidad nueva. En la Medina hay muchos antiguos palacios y mezquitas, pero los no musulmanes no pueden entrar en ellas. El monomento característco de la Medina es la gran plaza de Jamaa el Fna. Al norte de la plaza empiezan los zocos. El centro de la ciudad nueva es el barrio Guéliz, donde se encuentran los grandes hoteles internacionales, las tiendas, y varias discotecas. Los otros barrios en Marrakech se llaman Hivernage, Palmeraie, y Mellah.
La gran plaza de Jamaa el Fna realmente vale la pena visitar. Es el centro del casco antiguo, de donde salen todas las calles y donde hay mucha marcha. La Avenida Mohammed V el la calle más importante de Guéliz.
Marrakech es muy famoso por los Suks (zocos) en el barrio de los Suks. Son mercados de ropas, especies, alfombras, madera etc. y el nombre del suk indica lo que venden allí.
La mezquita más important de Marrakech es la Mezquita Koutoubia, que destaca por su color y su minarete muy alto.
Una de las obras arquitectónicas más importantes de Marrakech es el Palacio Bahia.
Las Tumbas Saadíes hay que visitar también, son muy famosas y así el monumento más visitado en Marrakech.
En los Jardínes de Menara puedes ver un edifcio muy bonito rodeado de un gran estanque y miles de olivos.
Moverse por la zona
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¿Ir en autobús, taxi o andando?Pues, en la medina de Marrakech hay que ir andando como las calles son tan estrechas y no cabe nigún autobús, ni coche (salvo los motos y bicis y hay que tener cuidado que no te atropellan). Como seguramente vas a perder tu sentido de la orientación allí, tienes que preguntar por el camino a alguien en la calle y confina en su sentido de orientación.
Por supuesto hay autobuses, que son muy baratos, pero en el momento en el que veas lo llenos que están y lo antiguos que son, llamaras a un taxi.
El mejor medio de transporte en Marrakech es el taxi. Hay dos tipos: los taxis pequeños (petit) y los taxis grandes (grand taxi). Los pequeños cojes para ir de un lado al otro en la ciudad, los grandes cuando quieres salir de la ciudad. No son muy caros pero tienes que negociar el precio antes del viaje, sino te cobrarán demasiado.
Vida y diversión
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¿Dónde comer y salir?Hay muchos restaurantes de cocina típica en Marrakech con precios bastante baratos. Si quieres comer aún más barato, come en los puestos de comida que pone en la plaza de Jamaa el Fna por la noche. Allí no sólo turistas pero también locales disfrutan de la gran oferta de comida a precios muy baratos.
Cuando estás en Marrakech también tienes que ir a los muchos salónes de té. La epecialdiad allí, es el té con menta que es muy rico. No te preocupes si no eres aficionado a té, el té de Marrakech te encantará.
Marrakech había sido elegido una de las mejores ciudades del mundo para salir de fiesta. Hay varias discotecas y salas donde incluso se sirve alcohol, como Marrakech ya no es tan estricto con eso y disfruta de los turistas occidentales. Los bares y varios clubs están abiertos hasta muy tarde.
Marrakech: Las cosas que hacer más populares
Marrakech: Guía de viajes
Marrakech
En sus nueve siglos de vida, Marrakech ha conocido, momentos de esplendor y de gloria, acompañados de largos años de oscuridad. Fue construida y destruida varias veces, saqueada y embellecida, venerada y castigada. Pocas ciudades del mundo han ligado tan estrechamente su historia a la del propio país como Marrakech, que llega incluso a regalarle su mismo nombre. Y de esta historia atormentada y fascinadora, Marrakech conserva todavía hoy testimonios espléndidos que la convierten en una ciudad-museo que no asombra sólo por sus mezquitas, sus alminares, los espléndidos palacios, los jardines que parecen un milagro de la naturaleza en medio a la nada de una tierra árida y sedienta, donde han nacido gracias al genio y a la inventiva de sus constructores. A maravillarnos, a dejarnos extasiados son sus callejuelas antiguas, sus rincones recogidos, las tiendas de los suq donde se encuentra de todo, pero también la sensación de infinito de sus paisajes proyectados sobre el fondo de las montañas del Alto Atlas, la vastedad de su plaza-mito (Jamaa el- Fna) o las geometrías espectaculares de sus murallas. Fue capital de todo Marruecos, ciudad imperial al igual que Fez, Mequínez y Rabat. Ha sido y sigue siendo la capital del sur: de los ocasos incandescentes, de perfumes infinitos de especias y esencias penetrantes y dulces, del efluvio embriagador de las rosas y los jazmines, de la magia de los cantos y del habla de los artesanos y los encantadores de serpientes, del rumor de las aguas y de la bulliciosa muchedumbre de los mercados, de la quietud majestuosa de sus tesoros de arte berberisco y árabe, de las nieves increíbles sobre los picos de los montes que la dominan.
Nació y seguirá siendo para siempre la gran metrópoli de los pueblos bereberes, de su altivez de gente nómada, acostumbrada a la dureza de una vida dividida entre el mar de las arenas del Sáhara y las ásperas piedras de la cadena del Atlas y de sus picos nevados.
Una altivez que ni los fenicios, ni los romanos, bizantinos y vándalos primero, ni los árabes con su conquista han logrado jamás subyugar completamente.
Hoy Marrakech es una ciudad con más de 500.000 habitantes, la tercera de Marruecos después de Rabat y Casablanca. Es la encru-cijada fundamental para el sur sahariano, mas allá del Alto Atlas, y para las carreteras que llegan hasta Agadir, Casablanca, Fez y Mequínez: un puente ideal, en suma, que une el norte y el sur de Marruecos. De la artesanía ha hecho su actividad principal, en la que trabaja el 58,5% de sus habitantes. Pero Marrakech ya desde los años setenta y ochenta, y hoy más que nunca gracias a una estructura hotelera al alcance de todos los bolsillos, ha consolidado su papel de capital del turismo marroquí, que tal vez compite sólo con Agadir y su mar de un extraordinario azul.
La historia casi milenaria de Marrakech está estrechamente ligada a la de las principales tribus bereberes y de su encuentro-choque con el Islam: los almorávides,... Seguir leyendo
En sus nueve siglos de vida, Marrakech ha conocido, momentos de esplendor y de gloria, acompañados de largos años de oscuridad. Fue construida y destruida varias veces, saqueada y embellecida, venerada y castigada. Pocas ciudades del mundo han ligado tan estrechamente su historia a la del propio país como Marrakech, que llega incluso a regalarle su mismo nombre. Y de esta historia atormentada y fascinadora, Marrakech conserva todavía hoy testimonios espléndidos que la convierten en una ciudad-museo que no asombra sólo por sus mezquitas, sus alminares, los espléndidos palacios, los jardines que parecen un milagro de la naturaleza en medio a la nada de una tierra árida y sedienta, donde han nacido gracias al genio y a la inventiva de sus constructores. A maravillarnos, a dejarnos extasiados son sus callejuelas antiguas, sus rincones recogidos, las tiendas de los suq donde se encuentra de todo, pero también la sensación de infinito de sus paisajes proyectados sobre el fondo de las montañas del Alto Atlas, la vastedad de su plaza-mito (Jamaa el- Fna) o las geometrías espectaculares de sus murallas. Fue capital de todo Marruecos, ciudad imperial al igual que Fez, Mequínez y Rabat. Ha sido y sigue siendo la capital del sur: de los ocasos incandescentes, de perfumes infinitos de especias y esencias penetrantes y dulces, del efluvio embriagador de las rosas y los jazmines, de la magia de los cantos y del habla de los artesanos y los encantadores de serpientes, del rumor de las aguas y de la bulliciosa muchedumbre de los mercados, de la quietud majestuosa de sus tesoros de arte berberisco y árabe, de las nieves increíbles sobre los picos de los montes que la dominan.
Nació y seguirá siendo para siempre la gran metrópoli de los pueblos bereberes, de su altivez de gente nómada, acostumbrada a la dureza de una vida dividida entre el mar de las arenas del Sáhara y las ásperas piedras de la cadena del Atlas y de sus picos nevados.
Una altivez que ni los fenicios, ni los romanos, bizantinos y vándalos primero, ni los árabes con su conquista han logrado jamás subyugar completamente.
Hoy Marrakech es una ciudad con más de 500.000 habitantes, la tercera de Marruecos después de Rabat y Casablanca. Es la encru-cijada fundamental para el sur sahariano, mas allá del Alto Atlas, y para las carreteras que llegan hasta Agadir, Casablanca, Fez y Mequínez: un puente ideal, en suma, que une el norte y el sur de Marruecos. De la artesanía ha hecho su actividad principal, en la que trabaja el 58,5% de sus habitantes. Pero Marrakech ya desde los años setenta y ochenta, y hoy más que nunca gracias a una estructura hotelera al alcance de todos los bolsillos, ha consolidado su papel de capital del turismo marroquí, que tal vez compite sólo con Agadir y su mar de un extraordinario azul.
La historia casi milenaria de Marrakech está estrechamente ligada a la de las principales tribus bereberes y de su encuentro-choque con el Islam: los almorávides,... Seguir leyendo
Marrakech
En sus nueve siglos de vida, Marrakech ha conocido, momentos de esplendor y de gloria, acompañados de largos años de oscuridad. Fue construida y destruida varias veces, saqueada y embellecida, venerada y castigada. Pocas ciudades del mundo han ligado tan estrechamente su historia a la del propio país como Marrakech, que llega incluso a regalarle su mismo nombre. Y de esta historia atormentada y fascinadora, Marrakech conserva todavía hoy testimonios espléndidos que la convierten en una ciudad-museo que no asombra sólo por sus mezquitas, sus alminares, los espléndidos palacios, los jardines que parecen un milagro de la naturaleza en medio a la nada de una tierra árida y sedienta, donde han nacido gracias al genio y a la inventiva de sus constructores. A maravillarnos, a dejarnos extasiados son sus callejuelas antiguas, sus rincones recogidos, las tiendas de los suq donde se encuentra de todo, pero también la sensación de infinito de sus paisajes proyectados sobre el fondo de las montañas del Alto Atlas, la vastedad de su plaza-mito (Jamaa el- Fna) o las geometrías espectaculares de sus murallas. Fue capital de todo Marruecos, ciudad imperial al igual que Fez, Mequínez y Rabat. Ha sido y sigue siendo la capital del sur: de los ocasos incandescentes, de perfumes infinitos de especias y esencias penetrantes y dulces, del efluvio embriagador de las rosas y los jazmines, de la magia de los cantos y del habla de los artesanos y los encantadores de serpientes, del rumor de las aguas y de la bulliciosa muchedumbre de los mercados, de la quietud majestuosa de sus tesoros de arte berberisco y árabe, de las nieves increíbles sobre los picos de los montes que la dominan.
Nació y seguirá siendo para siempre la gran metrópoli de los pueblos bereberes, de su altivez de gente nómada, acostumbrada a la dureza de una vida dividida entre el mar de las arenas del Sáhara y las ásperas piedras de la cadena del Atlas y de sus picos nevados.
Una altivez que ni los fenicios, ni los romanos, bizantinos y vándalos primero, ni los árabes con su conquista han logrado jamás subyugar completamente.
Hoy Marrakech es una ciudad con más de 500.000 habitantes, la tercera de Marruecos después de Rabat y Casablanca. Es la encru-cijada fundamental para el sur sahariano, mas allá del Alto Atlas, y para las carreteras que llegan hasta Agadir, Casablanca, Fez y Mequínez: un puente ideal, en suma, que une el norte y el sur de Marruecos. De la artesanía ha hecho su actividad principal, en la que trabaja el 58,5% de sus habitantes. Pero Marrakech ya desde los años setenta y ochenta, y hoy más que nunca gracias a una estructura hotelera al alcance de todos los bolsillos, ha consolidado su papel de capital del turismo marroquí, que tal vez compite sólo con Agadir y su mar de un extraordinario azul.
La historia casi milenaria de Marrakech está estrechamente ligada a la de las principales tribus bereberes y de su encuentro-choque con el Islam: los almorávides, los almohades, los benimerines, los saadis y los alauitas. Los orígenes de la que habría de convertirse en capital del imperio beréber y de su cultura, son aún inciertos. Según algunos su fundación se remonta al año 1062, según otros al 1070/71. No hay, en cambio, dudas sobre el hecho de que el primer asentamiento de Marrakech fue realizado en la cuenca del Haouz (que se extiende por casi 6000 km2 al pie del Alto Atlas), por Abu Bakr, fundador también de la primera alcazaba (Qsar Lahjar).
Los almorávides adquieren poder y prestigio con Yusuf ben Tasfín, y también Marrakech. Después de cuarenta años ese primer “campo” donde habían hecho un alto, llamado Marrakech (“vete de prisa”), habría de convertirse en la capital de un verdadero imperio que se extendía desde Argelia hasta el Atlántico, desde el Sáhara hasta el Ebro. Yusuf ben Tasfín hace levantar una primera gran mezquita, destruida por los sucesivos dueños de la ciudad. Se dedica a hacer de Marrakech una verdadera metrópoli. La ciudad, desprovista de agua, apagará su sed gracias a un genial sistema de cañerías subterráneas, las khettara, que existen todavía hoy y conectan los distintos pozos descubiertos en la zona que se extiende a los pies de las rocosas colinas del Gueliz. Pero Yusuf ben Tasfín, que es beréber y hombre del desierto, una vez hallada el agua emprende la realización de algo que es casi un milagro: la creación de un palmeral. La leyenda dirá que han sido sus soldados, grandes devoradores de dátiles quienes, tirando los huesos en la arena, contribuirán a su creación. Y es en las empresas militares donde su genio habrá de hallar completa realización.
Se adueña de las regiones del norte, desde Tánger hasta la parte oriental de la actual Argelia. Cruza el estrecho de Gibraltar para ir en ayuda de los príncipes musulmanes ame-nazados en España por el cristianismo de Alfonso VI, rey de Castilla y León. Gracias a distintas alianzas terminará por dominar las tierras de Málaga, Granada, Córdoba, Sevilla y Valencia. Estos cuarenta años de expansión dejarán una huella indeleble en la historia futura de Marrakech y de todo Marruecos. Para la ciudad en crecimiento ésta será la ocasión que le permite asimilar, junto con la cultura árabe clásica, la española y la mudéjar.
Cuando en 1106 Yusuf ben Tasfín muere y le sucede su hijo Alí, éste continuará la tarea emprendida por su padre. Toma cuerpo en un solo año la primera parte de la gran muralla que encierra todavía hoy la medina, la parte antigua de la ciudad. Pero al mismo tiempo, Marrakech refuerza su aspecto de ciudad mercantil y artesana con las primeras labores en madera y cuero. De ahora en adelante, la historia de la capital beréber - ahora ya arabizada - será el fruto de la fortuna alternativa y de las luchas que premiarán o destruirán a los distintos grupos étnicos que se asomarán a su escena. Cuatro serán solamente los soberanos de los almorávides. El último, casi un niño, Ishaq, será decapitado por los nuevos dueños, los almohades. Solamente 41 años después de la muerte de su fundador, Marrakech es conquistada por Ibn-Tumart. Es el 23 de marzo de 1147 cuando las hordas de jinetes almohades, movidos por un nuevo furor de reforma religiosa, ocupan la ciudad. Son días dramáticos: Marrakech es puesta a sangre y fuego; los almorávides son diezmados, aprisionados, obligados a huir. Ibn-Tumart se proclama mandí (es decir, el bien guiado, califa) y relanza la idea religiosa de la unidad divina. El nuevo orden de los “Unit-a-rios” (éste es el significado de la palabra “almo-hades”) se lleva a cabo, pues, abatiendo lo que habían construido los almorávides. Y sólo después de haber destruido, se vuelve a construir. Terminado el tiempo de los escombros llega ahora el tiempo de las nuevas obras maestras. Es Abdalmumén, el verdadero fundador de la dinastía, quien hace levantar la primera Kutubiyya y luego una segunda (la actual), construye nuevos jardines y grandes fuentes. Su sucesor, Abu Yacub Yusuf, funda un nuevo barrio y emprende, tal vez, el trazado del espléndido jardín del Agdal. Yacub Al Mansour (el “victorioso”), construye a partir de 1185 una nueva alcazaba, dota a la ciudad de hospitales y levanta en la medina una decena de soberbios palacios. Para los almohades y Marrakech es el momento de un nuevo esplendor. La dinastía dominará en el norte de Africa durante más de un siglo. La ciudad es ahora un importantísimo centro cultural, humanístico y científico, con astrónomos, matemáticos y filósofos de la fama de Averroes, llamados todos a su corte. Pero luego, una vez más, llega la crisis, un ocaso que empieza en España con la gran derrota infligida por las fuerzas cristianas de Alfonso VIII en las Navas de Tolosa en 1212. La repercusión de la derrota se traduce en años de anarquía. Aprovecha de ello la familia de los Banú Marín (benimerines o merinidas), dinastía beréber nómada de origen sahariano que toma Marrakech en 1269. Cae también el último soberano almohade, y la capital de los nuevos dominadores es llevada a Fez.
Los fastos de la época almorávide antes y almohade después parecen ya lejanos. Los Benimerines no lograrán nunca construir un imperio que iguale a los anteriores, mientras que la penetración cristiana en las costas de Marruecos halla nueva fuerza con la llegada de los portugueses. Altos y bajos acompañan los siglos XIII y XIV, regalando a la historia y a la posteridad casi exclusivamente las empresas de Ibn Batuta, el célebre viajero y geógrafo árabe que en sus viajes llegará hasta Pekín, Samarcanda y Tombuctú. Son los años de un Marruecos dividido en dos y de una Marrakech que en vano trata de recuperar una hegemonía nacional.
Después de un intervalo en que reina la familia de los Banú Wattás, habrá que esperar la llegada de una nueva y grande dinastía, la de los saadis, para poder volver a hablar de nuevos esplendores. Los saadis - que dominan toda la historia del siglo XVI - adquieren fuerza y poder porque logran oponerse a la penetración cristiana por el norte, avanzando luego hacia las tierras del sur. Con Ahmed Al Mansour (el Dehbi, el “dorado”, el más famoso, 1578-1603), y antes todavía con Muley Abdallah, tomará cuerpo el “Renacimiento” saadi, una nueva edad del oro para Marrakech. El primero construirá espléndidas obras maestras tales como el palacio el-Badi, del que quedan sólo ruinas, y las Tumbas saadis; el segundo restaurará la alcazaba, creará una mellah (un barrio judío en la ciudad vieja), construirá una gran medersa y levantará la mezquita Moussain.
Los saadis (jerifes, del ár. xerif, descendientes de Mahoma) tocan una vez más los resortes de la religiosidad, la intolerancia contra el peligro de los infieles, el deseo de orden y tranquilidad después de años de larga incertidumbre. La reactivación de las fortunas de Marrakech coincide con la de todo Marruecos, gobernado con mano firme por los saadis, y la consecuencia más directa es una nueva expansión del comercio, tanto que se habla de Marruecos como del “país del oro”.
A mediados del siglo XVII también los poderosos saadis conocen el principio de la decadencia. Se repite un guión ya conocido para la gloriosa capital berberisca. Los nuevos dueños de la ciudad, los alauitas - la misma dinastía que reina todavía hoy en Marruecos con Hassán II - traslada los centros del poder. Muley er Rachid lleva la capital a Fez.
Sólo a fines del siglo XIX con Muley Hassán (1873-1894) y su hijo Muley Abd-el-Aziz vuelve un período de prosperidad para la antigua capital del sur.
Con los albores de nuestro siglo empieza también para Marruecos la difícil etapa del colonialismo europeo, francés y español sobre todo. Marrakech será una vez más protagonista de acontecimientos importantes. Es en los años de la penetración francesa que, en 1907, Muley Abd-el-Hafid se hace proclamar sultán de Marruecos, precisamente en Marrakech; su lugar será ocupado luego por el-Hiba, el gran agitador del sur marroquí, que se levantará en armas contra los franceses. Pero el 7 de septiembre de 1912, las tropas del coronel francés Mangin ocuparán la ciudad, donde Muley Abd-el-Hafiz, el famoso Glaoui, quedará como bajá y dueño indiscutible por el apoyo que diera al naciente protectorado francés. Un poder que habrá de durar hasta la independencia de Marruecos (2 de marzo de 1956) y el advenimiento al trono del soberano de la nueva unidad nacional, Mohamed V ben Yusef.
La Marrakech de hoy es el fruto también de los difíciles años del protectorado francés. Y fueron precisamente los franceses - con la ocupación de la ciudad en 1912 - que construyeron la parte nueva, el Gueliz, 3 km al NE de la antigua medina. Desde entonces, la expansión no ha conocido tregua. Intacta ha quedado con su encanto de siempre la antigua ciudad protegida por las murallas; y a las primeras aglomera-ciones francesas se sumaron nuevos barrios. Los años cincuenta y sesenta han conocido una fuerte expansión urbanística, y la población de la ciudad se ha cuadruplicado desde principios de este siglo.
Y así hoy la “capital beréber” es al mismo tiempo ciudad del pasado, cofre precioso que guarda siglos de historia, de arte y de cultura, y gran metrópoli del Marruecos contemporáneo, un país único en Africa, crisol y encrucijada entre el continente negro, el mundo árabe y Europa.
En sus nueve siglos de vida, Marrakech ha conocido, momentos de esplendor y de gloria, acompañados de largos años de oscuridad. Fue construida y destruida varias veces, saqueada y embellecida, venerada y castigada. Pocas ciudades del mundo han ligado tan estrechamente su historia a la del propio país como Marrakech, que llega incluso a regalarle su mismo nombre. Y de esta historia atormentada y fascinadora, Marrakech conserva todavía hoy testimonios espléndidos que la convierten en una ciudad-museo que no asombra sólo por sus mezquitas, sus alminares, los espléndidos palacios, los jardines que parecen un milagro de la naturaleza en medio a la nada de una tierra árida y sedienta, donde han nacido gracias al genio y a la inventiva de sus constructores. A maravillarnos, a dejarnos extasiados son sus callejuelas antiguas, sus rincones recogidos, las tiendas de los suq donde se encuentra de todo, pero también la sensación de infinito de sus paisajes proyectados sobre el fondo de las montañas del Alto Atlas, la vastedad de su plaza-mito (Jamaa el- Fna) o las geometrías espectaculares de sus murallas. Fue capital de todo Marruecos, ciudad imperial al igual que Fez, Mequínez y Rabat. Ha sido y sigue siendo la capital del sur: de los ocasos incandescentes, de perfumes infinitos de especias y esencias penetrantes y dulces, del efluvio embriagador de las rosas y los jazmines, de la magia de los cantos y del habla de los artesanos y los encantadores de serpientes, del rumor de las aguas y de la bulliciosa muchedumbre de los mercados, de la quietud majestuosa de sus tesoros de arte berberisco y árabe, de las nieves increíbles sobre los picos de los montes que la dominan.
Nació y seguirá siendo para siempre la gran metrópoli de los pueblos bereberes, de su altivez de gente nómada, acostumbrada a la dureza de una vida dividida entre el mar de las arenas del Sáhara y las ásperas piedras de la cadena del Atlas y de sus picos nevados.
Una altivez que ni los fenicios, ni los romanos, bizantinos y vándalos primero, ni los árabes con su conquista han logrado jamás subyugar completamente.
Hoy Marrakech es una ciudad con más de 500.000 habitantes, la tercera de Marruecos después de Rabat y Casablanca. Es la encru-cijada fundamental para el sur sahariano, mas allá del Alto Atlas, y para las carreteras que llegan hasta Agadir, Casablanca, Fez y Mequínez: un puente ideal, en suma, que une el norte y el sur de Marruecos. De la artesanía ha hecho su actividad principal, en la que trabaja el 58,5% de sus habitantes. Pero Marrakech ya desde los años setenta y ochenta, y hoy más que nunca gracias a una estructura hotelera al alcance de todos los bolsillos, ha consolidado su papel de capital del turismo marroquí, que tal vez compite sólo con Agadir y su mar de un extraordinario azul.
La historia casi milenaria de Marrakech está estrechamente ligada a la de las principales tribus bereberes y de su encuentro-choque con el Islam: los almorávides, los almohades, los benimerines, los saadis y los alauitas. Los orígenes de la que habría de convertirse en capital del imperio beréber y de su cultura, son aún inciertos. Según algunos su fundación se remonta al año 1062, según otros al 1070/71. No hay, en cambio, dudas sobre el hecho de que el primer asentamiento de Marrakech fue realizado en la cuenca del Haouz (que se extiende por casi 6000 km2 al pie del Alto Atlas), por Abu Bakr, fundador también de la primera alcazaba (Qsar Lahjar).
Los almorávides adquieren poder y prestigio con Yusuf ben Tasfín, y también Marrakech. Después de cuarenta años ese primer “campo” donde habían hecho un alto, llamado Marrakech (“vete de prisa”), habría de convertirse en la capital de un verdadero imperio que se extendía desde Argelia hasta el Atlántico, desde el Sáhara hasta el Ebro. Yusuf ben Tasfín hace levantar una primera gran mezquita, destruida por los sucesivos dueños de la ciudad. Se dedica a hacer de Marrakech una verdadera metrópoli. La ciudad, desprovista de agua, apagará su sed gracias a un genial sistema de cañerías subterráneas, las khettara, que existen todavía hoy y conectan los distintos pozos descubiertos en la zona que se extiende a los pies de las rocosas colinas del Gueliz. Pero Yusuf ben Tasfín, que es beréber y hombre del desierto, una vez hallada el agua emprende la realización de algo que es casi un milagro: la creación de un palmeral. La leyenda dirá que han sido sus soldados, grandes devoradores de dátiles quienes, tirando los huesos en la arena, contribuirán a su creación. Y es en las empresas militares donde su genio habrá de hallar completa realización.
Se adueña de las regiones del norte, desde Tánger hasta la parte oriental de la actual Argelia. Cruza el estrecho de Gibraltar para ir en ayuda de los príncipes musulmanes ame-nazados en España por el cristianismo de Alfonso VI, rey de Castilla y León. Gracias a distintas alianzas terminará por dominar las tierras de Málaga, Granada, Córdoba, Sevilla y Valencia. Estos cuarenta años de expansión dejarán una huella indeleble en la historia futura de Marrakech y de todo Marruecos. Para la ciudad en crecimiento ésta será la ocasión que le permite asimilar, junto con la cultura árabe clásica, la española y la mudéjar.
Cuando en 1106 Yusuf ben Tasfín muere y le sucede su hijo Alí, éste continuará la tarea emprendida por su padre. Toma cuerpo en un solo año la primera parte de la gran muralla que encierra todavía hoy la medina, la parte antigua de la ciudad. Pero al mismo tiempo, Marrakech refuerza su aspecto de ciudad mercantil y artesana con las primeras labores en madera y cuero. De ahora en adelante, la historia de la capital beréber - ahora ya arabizada - será el fruto de la fortuna alternativa y de las luchas que premiarán o destruirán a los distintos grupos étnicos que se asomarán a su escena. Cuatro serán solamente los soberanos de los almorávides. El último, casi un niño, Ishaq, será decapitado por los nuevos dueños, los almohades. Solamente 41 años después de la muerte de su fundador, Marrakech es conquistada por Ibn-Tumart. Es el 23 de marzo de 1147 cuando las hordas de jinetes almohades, movidos por un nuevo furor de reforma religiosa, ocupan la ciudad. Son días dramáticos: Marrakech es puesta a sangre y fuego; los almorávides son diezmados, aprisionados, obligados a huir. Ibn-Tumart se proclama mandí (es decir, el bien guiado, califa) y relanza la idea religiosa de la unidad divina. El nuevo orden de los “Unit-a-rios” (éste es el significado de la palabra “almo-hades”) se lleva a cabo, pues, abatiendo lo que habían construido los almorávides. Y sólo después de haber destruido, se vuelve a construir. Terminado el tiempo de los escombros llega ahora el tiempo de las nuevas obras maestras. Es Abdalmumén, el verdadero fundador de la dinastía, quien hace levantar la primera Kutubiyya y luego una segunda (la actual), construye nuevos jardines y grandes fuentes. Su sucesor, Abu Yacub Yusuf, funda un nuevo barrio y emprende, tal vez, el trazado del espléndido jardín del Agdal. Yacub Al Mansour (el “victorioso”), construye a partir de 1185 una nueva alcazaba, dota a la ciudad de hospitales y levanta en la medina una decena de soberbios palacios. Para los almohades y Marrakech es el momento de un nuevo esplendor. La dinastía dominará en el norte de Africa durante más de un siglo. La ciudad es ahora un importantísimo centro cultural, humanístico y científico, con astrónomos, matemáticos y filósofos de la fama de Averroes, llamados todos a su corte. Pero luego, una vez más, llega la crisis, un ocaso que empieza en España con la gran derrota infligida por las fuerzas cristianas de Alfonso VIII en las Navas de Tolosa en 1212. La repercusión de la derrota se traduce en años de anarquía. Aprovecha de ello la familia de los Banú Marín (benimerines o merinidas), dinastía beréber nómada de origen sahariano que toma Marrakech en 1269. Cae también el último soberano almohade, y la capital de los nuevos dominadores es llevada a Fez.
Los fastos de la época almorávide antes y almohade después parecen ya lejanos. Los Benimerines no lograrán nunca construir un imperio que iguale a los anteriores, mientras que la penetración cristiana en las costas de Marruecos halla nueva fuerza con la llegada de los portugueses. Altos y bajos acompañan los siglos XIII y XIV, regalando a la historia y a la posteridad casi exclusivamente las empresas de Ibn Batuta, el célebre viajero y geógrafo árabe que en sus viajes llegará hasta Pekín, Samarcanda y Tombuctú. Son los años de un Marruecos dividido en dos y de una Marrakech que en vano trata de recuperar una hegemonía nacional.
Después de un intervalo en que reina la familia de los Banú Wattás, habrá que esperar la llegada de una nueva y grande dinastía, la de los saadis, para poder volver a hablar de nuevos esplendores. Los saadis - que dominan toda la historia del siglo XVI - adquieren fuerza y poder porque logran oponerse a la penetración cristiana por el norte, avanzando luego hacia las tierras del sur. Con Ahmed Al Mansour (el Dehbi, el “dorado”, el más famoso, 1578-1603), y antes todavía con Muley Abdallah, tomará cuerpo el “Renacimiento” saadi, una nueva edad del oro para Marrakech. El primero construirá espléndidas obras maestras tales como el palacio el-Badi, del que quedan sólo ruinas, y las Tumbas saadis; el segundo restaurará la alcazaba, creará una mellah (un barrio judío en la ciudad vieja), construirá una gran medersa y levantará la mezquita Moussain.
Los saadis (jerifes, del ár. xerif, descendientes de Mahoma) tocan una vez más los resortes de la religiosidad, la intolerancia contra el peligro de los infieles, el deseo de orden y tranquilidad después de años de larga incertidumbre. La reactivación de las fortunas de Marrakech coincide con la de todo Marruecos, gobernado con mano firme por los saadis, y la consecuencia más directa es una nueva expansión del comercio, tanto que se habla de Marruecos como del “país del oro”.
A mediados del siglo XVII también los poderosos saadis conocen el principio de la decadencia. Se repite un guión ya conocido para la gloriosa capital berberisca. Los nuevos dueños de la ciudad, los alauitas - la misma dinastía que reina todavía hoy en Marruecos con Hassán II - traslada los centros del poder. Muley er Rachid lleva la capital a Fez.
Sólo a fines del siglo XIX con Muley Hassán (1873-1894) y su hijo Muley Abd-el-Aziz vuelve un período de prosperidad para la antigua capital del sur.
Con los albores de nuestro siglo empieza también para Marruecos la difícil etapa del colonialismo europeo, francés y español sobre todo. Marrakech será una vez más protagonista de acontecimientos importantes. Es en los años de la penetración francesa que, en 1907, Muley Abd-el-Hafid se hace proclamar sultán de Marruecos, precisamente en Marrakech; su lugar será ocupado luego por el-Hiba, el gran agitador del sur marroquí, que se levantará en armas contra los franceses. Pero el 7 de septiembre de 1912, las tropas del coronel francés Mangin ocuparán la ciudad, donde Muley Abd-el-Hafiz, el famoso Glaoui, quedará como bajá y dueño indiscutible por el apoyo que diera al naciente protectorado francés. Un poder que habrá de durar hasta la independencia de Marruecos (2 de marzo de 1956) y el advenimiento al trono del soberano de la nueva unidad nacional, Mohamed V ben Yusef.
La Marrakech de hoy es el fruto también de los difíciles años del protectorado francés. Y fueron precisamente los franceses - con la ocupación de la ciudad en 1912 - que construyeron la parte nueva, el Gueliz, 3 km al NE de la antigua medina. Desde entonces, la expansión no ha conocido tregua. Intacta ha quedado con su encanto de siempre la antigua ciudad protegida por las murallas; y a las primeras aglomera-ciones francesas se sumaron nuevos barrios. Los años cincuenta y sesenta han conocido una fuerte expansión urbanística, y la población de la ciudad se ha cuadruplicado desde principios de este siglo.
Y así hoy la “capital beréber” es al mismo tiempo ciudad del pasado, cofre precioso que guarda siglos de historia, de arte y de cultura, y gran metrópoli del Marruecos contemporáneo, un país único en Africa, crisol y encrucijada entre el continente negro, el mundo árabe y Europa.
255 opiniones de hoteles Marrakech con una nota media de 5.2 sobre 6
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Amparo
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Familia, 46-50 Años
MADRID, España
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Maravillosa la estancia en éste riad, en pleno julio del 2012, a no menos de 48 grados en Marrakech se encuentra en pleno centro de la ciudad, al lado del Palacio Real un pequeño oasis de tranquilidad llamado Riad Dar Sholmes. Con unas habitaciones super espaciosas, tiene seis en total, decoradas elegantemente, con zonas comunes ambientadas al más puro estilo del país y sobre todo con un servicio de atención personal exquisito por parte de sus moradores, damos las gracias desde Madrid a Sergi... Seguir leyendo
Estancia en agosto 2012 - leída 84 veces
Alejandra
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Pareja, 51-55 Años
Denia, España
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Pareja, 51-55 Años
Denia, España
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Un buen hotel para el relax , alejado del bullucio aunque precisa de algunas reformas
Lo mejor la impresionante piscina central que tiene que te alivia del calor que hace en Marrachesk
El buffet del desayuno muy bueno
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Estancia en septiembre 2012 - leída 728 veces
Inma
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Pareja, 19-25 Años
Madrid, España
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Pareja, 19-25 Años
Madrid, España
Acogedor riad en la plaza principal de Marrakech
Djemaa El Fna Hotel Cecil in Marrakech, Más destinos en Marruecos
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El riad es muy acogedor, el personal encantador y está ubicado en la plaza más importante de Marrakech. El desayuno lo sirven en una preciosa terraza con vistas a la plaza y con una jaima. Puedes elegir entre habitaciones con baño propio o con baño compartido. Las zonas comunes están limpias y cuidadas, pero no hacen limpieza en las habitaciones diariamente y las toallas no te las dan si no las pides. Seguir leyendo
Estancia en marzo 2013 - leída 24 veces
Mikael
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Pareja, 31-35 Años
molinaseca, España
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Pareja, 31-35 Años
molinaseca, España
/ 6
Es un hotel mediano, a 1,5km del centro de la ciudad, en pleno recinto universitario. Dispone de buenas habitaciones con terraza, piscina, bar-terraza, pub y restaurante. Tiene arquitequtura popular, y con patio mozarabe.
Buena y diversa comida tipica. Seguir leyendo
Estancia en abril 2013 - leída 6 veces
Paloma
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Amigos, 36-40 Años
barcelona, España
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Amigos, 36-40 Años
barcelona, España
Riad extraordinario y tratamientos de spa incredible
Casa de acogida Al Ksar Riad & Spa in Marrakech, Más destinos en Marruecos
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Estancia en abril 2013 - leída 10 veces
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