Creta
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Creta
Creta, la hermosísima isla de infinitos enigmas y antiquísima civilización es, pese a sus muchos tesoros aún inexplorados, el punto de enlace entre la civilización clásica del área mediterránea y las milenarias culturas de Egipto y del Asia Menor. La áspera isla de Minos es, pues, el puente ideal (artístico, religioso e incluso lingüístico) que conecta tres continentes: Asia, Africa y Europa. El largo territorio de la isla está recorrido por los elevados macizos de los Montes Blancos, del Monte Ida y del Dhikti Oros, a los que se suma la singular altiplanicie de Lasithi, que dejan poco espacio a las fértiles llanuras que caracterizan a otras islas de similar extensión; constituye una excepción la fértil franja de la llanura de Mesarás, en la vertiente centro-meridional. Y sin embargo, el áspero y atormentado paisaje montañoso parece a menudo desmenuzarse en una serie infinita de sugestivas gargantas, que durante los meses invernales reciben las aguas impetuosas de los torrentes, cuyas fuerzas desatadas contribuyen todavía hoy a modelar la naturaleza misma del paisaje cretense, y en verano corren por ellas los pobres arroyuelos adelgazados por la sequedad y el calor bochornoso de un sol centelleante e implacable. Sobre el continuo abrirse de surcos de erosión y escarpados valles, de pequeñas llanuras y limitadas mesetas, domina sin rivales y visible prácticamente desde todos los puntos de la isla, el alto macizo del Monte Ida, patria del padre de los dioses del Olimpo, Zeus, cuyo símbolo de poder, el toro con sus poderosos cuernos, fue reconocido en los dos puntiagudos picos que caracterizan la cima de la montaña y que protegen el Antro Ideo, cuna del dios niño: con toda verosimilitud, precisamente por esa parte siempre en vista del paisaje, en forma de cuernos y estrechamente ligada al culto del dios supremo, nació la imagen simbólica de los “dobles cuernos” que en todos los palacios y santuarios minoicos recuerdan la presencia de la divinidad y el poder que de ella le derivaba a la estirpe real. Sin embargo, la fuerza y la belleza de la isla de Creta residen principalmente en sus espléndidas costas: un perfil recortado, que se abre en una serie infinita de bahías, puertos, caletas y ensenadas naturales, que ofrecen fácil acceso y abrigo gracias a la presencia de las alturas que descienden, a veces escarpadas y amenazadoras, hasta espejarse en las aguas azules de los mares Líbico y de Creta. Costas que durante milenios brindaron un atracadero seguro a las naves que surcaban el Mediterráneo en busca de nuevas tierras para explorar y conquistar, de nuevos vínculos para los tráficos comerciales y para entablar relaciones políticas y culturales: egipcios, chipriotas, rodios, fenicios, minoicos, micénicos, griegos, romanos, bizantinos y árabes, sin olvidar a los cruzados, a las Repúblicas Marineras de la Italia medieval o a los turcos, hasta llegar a las modernas flotas militares y a las numerosas embarcaciones turísticas.
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Creta, la hermosísima isla de infinitos enigmas y antiquísima civilización es, pese a sus muchos tesoros aún inexplorados, el punto de enlace entre la civilización clásica del área mediterránea y las milenarias culturas de Egipto y del Asia Menor. La áspera isla de Minos es, pues, el puente ideal (artístico, religioso e incluso lingüístico) que conecta tres continentes: Asia, Africa y Europa. El largo territorio de la isla está recorrido por los elevados macizos de los Montes Blancos, del Monte Ida y del Dhikti Oros, a los que se suma la singular altiplanicie de Lasithi, que dejan poco espacio a las fértiles llanuras que caracterizan a otras islas de similar extensión; constituye una excepción la fértil franja de la llanura de Mesarás, en la vertiente centro-meridional. Y sin embargo, el áspero y atormentado paisaje montañoso parece a menudo desmenuzarse en una serie infinita de sugestivas gargantas, que durante los meses invernales reciben las aguas impetuosas de los torrentes, cuyas fuerzas desatadas contribuyen todavía hoy a modelar la naturaleza misma del paisaje cretense, y en verano corren por ellas los pobres arroyuelos adelgazados por la sequedad y el calor bochornoso de un sol centelleante e implacable. Sobre el continuo abrirse de surcos de erosión y escarpados valles, de pequeñas llanuras y limitadas mesetas, domina sin rivales y visible prácticamente desde todos los puntos de la isla, el alto macizo del Monte Ida, patria del padre de los dioses del Olimpo, Zeus, cuyo símbolo de poder, el toro con sus poderosos cuernos, fue reconocido en los dos puntiagudos picos que caracterizan la cima de la montaña y que protegen el Antro Ideo, cuna del dios niño: con toda verosimilitud, precisamente por esa parte siempre en vista del paisaje, en forma de cuernos y estrechamente ligada al culto del dios supremo, nació la imagen simbólica de los “dobles cuernos” que en todos los palacios y santuarios minoicos recuerdan la presencia de la divinidad y el poder que de ella le derivaba a la estirpe real. Sin embargo, la fuerza y la belleza de la isla de Creta residen principalmente en sus espléndidas costas: un perfil recortado, que se abre en una serie infinita de bahías, puertos, caletas y ensenadas naturales, que ofrecen fácil acceso y abrigo gracias a la presencia de las alturas que descienden, a veces escarpadas y amenazadoras, hasta espejarse en las aguas azules de los mares Líbico y de Creta. Costas que durante milenios brindaron un atracadero seguro a las naves que surcaban el Mediterráneo en busca de nuevas tierras para explorar y conquistar, de nuevos vínculos para los tráficos comerciales y para entablar relaciones políticas y culturales: egipcios, chipriotas, rodios, fenicios, minoicos, micénicos, griegos, romanos, bizantinos y árabes, sin olvidar a los cruzados, a las Repúblicas Marineras de la Italia medieval o a los turcos, hasta llegar a las modernas flotas militares y a las numerosas embarcaciones turísticas.
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Creta
Creta, la hermosísima isla de infinitos enigmas y antiquísima civilización es, pese a sus muchos tesoros aún inexplorados, el punto de enlace entre la civilización clásica del área mediterránea y las milenarias culturas de Egipto y del Asia Menor. La áspera isla de Minos es, pues, el puente ideal (artístico, religioso e incluso lingüístico) que conecta tres continentes: Asia, Africa y Europa. El largo territorio de la isla está recorrido por los elevados macizos de los Montes Blancos, del Monte Ida y del Dhikti Oros, a los que se suma la singular altiplanicie de Lasithi, que dejan poco espacio a las fértiles llanuras que caracterizan a otras islas de similar extensión; constituye una excepción la fértil franja de la llanura de Mesarás, en la vertiente centro-meridional. Y sin embargo, el áspero y atormentado paisaje montañoso parece a menudo desmenuzarse en una serie infinita de sugestivas gargantas, que durante los meses invernales reciben las aguas impetuosas de los torrentes, cuyas fuerzas desatadas contribuyen todavía hoy a modelar la naturaleza misma del paisaje cretense, y en verano corren por ellas los pobres arroyuelos adelgazados por la sequedad y el calor bochornoso de un sol centelleante e implacable. Sobre el continuo abrirse de surcos de erosión y escarpados valles, de pequeñas llanuras y limitadas mesetas, domina sin rivales y visible prácticamente desde todos los puntos de la isla, el alto macizo del Monte Ida, patria del padre de los dioses del Olimpo, Zeus, cuyo símbolo de poder, el toro con sus poderosos cuernos, fue reconocido en los dos puntiagudos picos que caracterizan la cima de la montaña y que protegen el Antro Ideo, cuna del dios niño: con toda verosimilitud, precisamente por esa parte siempre en vista del paisaje, en forma de cuernos y estrechamente ligada al culto del dios supremo, nació la imagen simbólica de los “dobles cuernos” que en todos los palacios y santuarios minoicos recuerdan la presencia de la divinidad y el poder que de ella le derivaba a la estirpe real. Sin embargo, la fuerza y la belleza de la isla de Creta residen principalmente en sus espléndidas costas: un perfil recortado, que se abre en una serie infinita de bahías, puertos, caletas y ensenadas naturales, que ofrecen fácil acceso y abrigo gracias a la presencia de las alturas que descienden, a veces escarpadas y amenazadoras, hasta espejarse en las aguas azules de los mares Líbico y de Creta. Costas que durante milenios brindaron un atracadero seguro a las naves que surcaban el Mediterráneo en busca de nuevas tierras para explorar y conquistar, de nuevos vínculos para los tráficos comerciales y para entablar relaciones políticas y culturales: egipcios, chipriotas, rodios, fenicios, minoicos, micénicos, griegos, romanos, bizantinos y árabes, sin olvidar a los cruzados, a las Repúblicas Marineras de la Italia medieval o a los turcos, hasta llegar a las modernas flotas militares y a las numerosas embarcaciones turísticas.
La atormentada historia de la isla, sembrada de tentativas de dominación y de una sucesión de invasiones y ocupaciones, testimonia el interés, no siempre movido por intenciones pacíficas, que desde siempre la isla de Creta suscitó en todos los pueblos. Ya habitada por un pueblo de cazadores en el Paleolítico y el Mesolitico, entre el VII y el IV milenio a.C. llegaron a ella, probablemente con toscas embarcaciones, pueblos neolíticos provenientes de la península de Anatolia (hoy Turquía), en Asia Menor, que traían consigo animales domésticos y semillas de plantas y que, cobijándose en cuevas o en simples casuchas rectangulares de materiales perecederos, iniciaron pronto la producción de vasijas de terracota trabajada aún a mano libre. Los frecuentes hallazgos de pequeños ídolos femeninos esteatopigios (“de nalgas exageradas”) cuyo tipo era común a toda el área cultural del Mediterráneo en ese mismo período, documenta la existencia de un culto profundo y arraigado de una gran Diosa Madre, dispensadora de fertilidad y abundancia, que perdurará en los sucesivos períodos y será la divinidad principal del mundo egeo. Durante el III milenio a.C., el arribo de otros pueblos de Anatolia - tal vez. de la misma estirpe de la cual surgirá un día el potente pueblo de los hititas, que vivía en las altiplanicies internas de la actual Turquía - determinó en Creta una fusión entre las tradiciones culturales locales y los aportes externos, que dio vida a la civilización del Bronce, el período más grande de la historia de Creta, conocido como Período Minoico, por el nombre del mítico rey de la isla, Minos. La potencia que las ciudades de la isla alcanzaron aproximadamente entre el 2700 y el 1100 a.C. (con apogeo hacia 2000 - 1450 a.C.) está documentada también en las fantásticas gestas de los dioses, no pocas de las cuales ambientadas en Creta, y en las leyendas que conoció todo el mundo clásico y que llegaron a permear la cultura del Occidente moderno: el tributo que el rey Minos exigía anualmente a Atenas, doce entre jovencitas y jovencitos pertenecientes a las familias aristocráticas de la ciudad, para inmolarlos como comida para su monstruoso hijo el Minotauro, mitad hombre y mitad toro, es clara alusión a hechos históricos realmente acaecidos. Se refiere en especial a un momento en que el dominio minoico en los mares había llevado el expansionismo de Creta hasta Atenas, la cual fue obligada a enviar periódicamente tributos a la gran isla, entre ellos esclavos, hasta que los atenienses se rebelaron (en el mito los representa Teseo, el libertador hijo de Egeo, rey de Atenas); probablemente a la revuelta siguieron tratados políticos y alianzas matrimoniales, como parecería indicar la historia de amor entre el joven héroe ateniense y la hija de Minos, Ariadna. De todos modos, el Período Minoico fue una edad de grandes fastos para la isla: se construyeron suntuosos palacios ocupados por familias reales que controlaban todas las actividades productivas en su propio territorio, concentraban los frutos de las mismas y los distribuían luego sabiamente a la población; este sistema tuvo seguramente éxito, teniendo en cuenta que, después de la catástrofe provocada por el gran terremoto, acompañado por maremotos e incendios - al que de inmediato siguieron invasiones de pueblos de la Grecia continental - que destruyó hacia el 1700 a.C. los primeros palacios, se construyeron los segundos según una planta que refleja una organización casi idéntica de la vida. Este modo de vida durará aún por algunos siglos hasta que, hacia 1450 a.C., un nuevo cataclismo destruyó también esta segunda fase de la Creta minoica: tal vez fue la tremenda erupción del volcán de la isla de Santorín (Thera), acontecimiento de tales dimensiones que inclusive la Biblia habla de él, y del que probablemente nació el mito de una entera civilización sumergida en el mar con sus ciudades de oro, Atlántida. El alcance de la erupción está documentado arqueológicamente, entre otras cosas, por diversos metros de cenizas y materias volcánicas de Thera hallados nada menos que en el golfo de Tarento, a miles de kilómetros de distancia. El desarrollo de las potentes monarquías burocráticas minoicas, parecidas a las que gobernaban en los centros del Cercano Oriente, se refleja en las notables dimensiones y en el lujo refinado de palacios, fincas y viviendas privadas, desde las que una verdadera talasocracia (“dominio sobre los mares”) controlaba la cuenca del mar Egeo. Los exponentes de esta casta registraban sus actividades, sus cuentas de administración, sus contratos, escribiendo en tablillas de arcilla en un idioma afín al futuro griego clásico y en una escritura derivada del sistema jeroglífico, que aún hoy no ha sido descifrada completamente. Eran intensos los contactos con las islas vecinas y con la Siria de los fenicios, con el Asia Menor y con Egipto, cuyos documentos hacen referencia a los Keftíou, un pueblo aliado en el que se cree identificar justamente a los Cretenses minoicos. El mundo espiritual cretense era complejo y articulado; así lo revelan las sepulturas, cuyos ajuares testimonian la creencia en una vida ultraterrena, y los símbolos religiosos sobre los cuales domina, junto a los dobles cuernos, el hacha de doble filo con la cual el rey-sacerdote podía, si necesario, ejercer su dùplice derecho, político y religioso: derecho de vida y de muerte con un filo sobre los civiles y otro sobre las víctimas sacrifícales. La cultura minoica se extendió y arraigó incluso en la no lejana península griega del Peloponeso, donde las florecientes ciudades de Argos, Pilos, Nauplia, Micenas y Tirinto vivían en la luz de la análoga civilización minoica. A la caída de ésta, marcada por la erupción volcánica, las poblaciones del Peloponeso, de estirpe aquea, se arrojaron sobre las costas de Creta debilitada y martirizada y conquistaron fácilmente las ciudades, dando comienzo a una de las más singulares inversiones de la historia: la civilización micénica, casi hija de la minoica y que de todos modos tenía en ésta raíces profundas, invadía ahora esa misma Creta para reemplazar a la cultura que la había generado. No obstante, también la Edad Micénica fue período de esplendor y de potencia para Creta; a esta época se remontan hechos de los que hoy quedan huellas sólo en la épica o en el mito, como la participación de valerosos héroes cretenses en la guerra de Troya narrada por Homero. Los reyes aqueos ocuparon los mismos sitios de sus predecesores minoicos, reconstruyéndolos y adaptándolos a sus exigencias; sus documentos están escritos en un idioma progenitor del griego clásico y con una escritura en cierto modo conectada con la de sus precursores, la Lineal B. Hacia 1050 a.C., la invasión de pueblos de estirpe dórica, provenientes del continente, marca el fin de la civilización micénica (en Creta como en el resto de Grecia) y el comienzo de la civilización griega clásica. Creta se transforma en una gran potencia, con sus numerosas ciudades-estado que se dividen la gran herencia económica y cultural de los reinos micénicos en la tierra firme y en el mar, permaneciendo siempre conectada a la lengua y a la cultura de las estirpes dóricas. Rica, poderosa y en posición estratégica, tendrá firmes contactos con Oriente y contribuirá, importando productos y acogiendo artesanos, a la creación del estilo griego clásico, el cual recibirá continuamente vivaces estímulos por parte del estilo de las costas anatólicas grecizadas. Con este pasado de destacadas tradiciones históricas, Creta cayó en manos de los romanos, nuevos dominadores del Mediterráneo, en el siglo I a.C., cuando el cónsul Mételo, llamado precisamente “el Cretense”, arrasó la isla y la conquistó para la Ciudad Eterna. Con la formación del Imperio, Creta, unificada con la Cirenaica (hoy Libia), formó una provincia única, una de las más ricas del Imperio, cuyo gobernador residía en Cortina, en la llanura de Mesarás.
A partir de las postrimerías del Imperio Romano, la historia de la isla, objeto de la codicia de todos los pueblos que daban al Mediterráneo, se hace cada vez más confusa y dramática, ensangrentada por continuas agresiones y las naturales rebeliones contra los opresores. Desde el 324 formó parte, como toda la Grecia, del Imperio Bizantino; en el 823 fue arrebatada por los árabes, que permanecieron en ella por más de un siglo, hasta el año 961.
Rescatada por la flota bizantina de Nicéforo Focas, después de la IV Cruzada se la disputaron las repúblicas marineras de Genova y Venecia, con el triunfo de la Serenísima. Esta mantuvo el poder por un período próspero si bien largo, desde 1204 hasta 1669, y debió sofocar numerosas revueltas en reclamo de la libertad; aún hoy, en todo el territorio de la isla se conservan recuerdos de estas luchas. Fue atacada e invadida por los turcos en 1645, pero la conquista se completó sólo cuando, después de un denodado asedio de casi 24 años, cayó la capital, Candía; esta rendición marcó la retirada definitiva de los venecianos. Creta permaneció bajo los despiadados dominadores extranjeros por más de dos siglos, desde 1669 hasta 1898, el período más sombrío de su historia, en que fue centro de encarnizada resistencia contra el invasor turco, pagándola con un número incalculable de víctimas inocentes. Apoyada por Inglaterra, se sublevó en 1898 y declaró su independencia; la anexión a Grecia data de 1913. En 1923 la población musulmana fue obligada a dejar la isla, en la que encontraron refugio, por el contrario, los griegos que huían de las costas turcas. Durante la II guerra mundial cayó en manos de los alemanes, quienes se vieron obligados a enfrentar la violenta oposición de un pueblo orgulloso, cuya principal característica, madurada a lo largo de su atormentada historia, es precisamente un ardiente deseo de libertad. Hoy, la isla de Creta constituye la joya más preciada de Grecia.
Creta, la hermosísima isla de infinitos enigmas y antiquísima civilización es, pese a sus muchos tesoros aún inexplorados, el punto de enlace entre la civilización clásica del área mediterránea y las milenarias culturas de Egipto y del Asia Menor. La áspera isla de Minos es, pues, el puente ideal (artístico, religioso e incluso lingüístico) que conecta tres continentes: Asia, Africa y Europa. El largo territorio de la isla está recorrido por los elevados macizos de los Montes Blancos, del Monte Ida y del Dhikti Oros, a los que se suma la singular altiplanicie de Lasithi, que dejan poco espacio a las fértiles llanuras que caracterizan a otras islas de similar extensión; constituye una excepción la fértil franja de la llanura de Mesarás, en la vertiente centro-meridional. Y sin embargo, el áspero y atormentado paisaje montañoso parece a menudo desmenuzarse en una serie infinita de sugestivas gargantas, que durante los meses invernales reciben las aguas impetuosas de los torrentes, cuyas fuerzas desatadas contribuyen todavía hoy a modelar la naturaleza misma del paisaje cretense, y en verano corren por ellas los pobres arroyuelos adelgazados por la sequedad y el calor bochornoso de un sol centelleante e implacable. Sobre el continuo abrirse de surcos de erosión y escarpados valles, de pequeñas llanuras y limitadas mesetas, domina sin rivales y visible prácticamente desde todos los puntos de la isla, el alto macizo del Monte Ida, patria del padre de los dioses del Olimpo, Zeus, cuyo símbolo de poder, el toro con sus poderosos cuernos, fue reconocido en los dos puntiagudos picos que caracterizan la cima de la montaña y que protegen el Antro Ideo, cuna del dios niño: con toda verosimilitud, precisamente por esa parte siempre en vista del paisaje, en forma de cuernos y estrechamente ligada al culto del dios supremo, nació la imagen simbólica de los “dobles cuernos” que en todos los palacios y santuarios minoicos recuerdan la presencia de la divinidad y el poder que de ella le derivaba a la estirpe real. Sin embargo, la fuerza y la belleza de la isla de Creta residen principalmente en sus espléndidas costas: un perfil recortado, que se abre en una serie infinita de bahías, puertos, caletas y ensenadas naturales, que ofrecen fácil acceso y abrigo gracias a la presencia de las alturas que descienden, a veces escarpadas y amenazadoras, hasta espejarse en las aguas azules de los mares Líbico y de Creta. Costas que durante milenios brindaron un atracadero seguro a las naves que surcaban el Mediterráneo en busca de nuevas tierras para explorar y conquistar, de nuevos vínculos para los tráficos comerciales y para entablar relaciones políticas y culturales: egipcios, chipriotas, rodios, fenicios, minoicos, micénicos, griegos, romanos, bizantinos y árabes, sin olvidar a los cruzados, a las Repúblicas Marineras de la Italia medieval o a los turcos, hasta llegar a las modernas flotas militares y a las numerosas embarcaciones turísticas.
La atormentada historia de la isla, sembrada de tentativas de dominación y de una sucesión de invasiones y ocupaciones, testimonia el interés, no siempre movido por intenciones pacíficas, que desde siempre la isla de Creta suscitó en todos los pueblos. Ya habitada por un pueblo de cazadores en el Paleolítico y el Mesolitico, entre el VII y el IV milenio a.C. llegaron a ella, probablemente con toscas embarcaciones, pueblos neolíticos provenientes de la península de Anatolia (hoy Turquía), en Asia Menor, que traían consigo animales domésticos y semillas de plantas y que, cobijándose en cuevas o en simples casuchas rectangulares de materiales perecederos, iniciaron pronto la producción de vasijas de terracota trabajada aún a mano libre. Los frecuentes hallazgos de pequeños ídolos femeninos esteatopigios (“de nalgas exageradas”) cuyo tipo era común a toda el área cultural del Mediterráneo en ese mismo período, documenta la existencia de un culto profundo y arraigado de una gran Diosa Madre, dispensadora de fertilidad y abundancia, que perdurará en los sucesivos períodos y será la divinidad principal del mundo egeo. Durante el III milenio a.C., el arribo de otros pueblos de Anatolia - tal vez. de la misma estirpe de la cual surgirá un día el potente pueblo de los hititas, que vivía en las altiplanicies internas de la actual Turquía - determinó en Creta una fusión entre las tradiciones culturales locales y los aportes externos, que dio vida a la civilización del Bronce, el período más grande de la historia de Creta, conocido como Período Minoico, por el nombre del mítico rey de la isla, Minos. La potencia que las ciudades de la isla alcanzaron aproximadamente entre el 2700 y el 1100 a.C. (con apogeo hacia 2000 - 1450 a.C.) está documentada también en las fantásticas gestas de los dioses, no pocas de las cuales ambientadas en Creta, y en las leyendas que conoció todo el mundo clásico y que llegaron a permear la cultura del Occidente moderno: el tributo que el rey Minos exigía anualmente a Atenas, doce entre jovencitas y jovencitos pertenecientes a las familias aristocráticas de la ciudad, para inmolarlos como comida para su monstruoso hijo el Minotauro, mitad hombre y mitad toro, es clara alusión a hechos históricos realmente acaecidos. Se refiere en especial a un momento en que el dominio minoico en los mares había llevado el expansionismo de Creta hasta Atenas, la cual fue obligada a enviar periódicamente tributos a la gran isla, entre ellos esclavos, hasta que los atenienses se rebelaron (en el mito los representa Teseo, el libertador hijo de Egeo, rey de Atenas); probablemente a la revuelta siguieron tratados políticos y alianzas matrimoniales, como parecería indicar la historia de amor entre el joven héroe ateniense y la hija de Minos, Ariadna. De todos modos, el Período Minoico fue una edad de grandes fastos para la isla: se construyeron suntuosos palacios ocupados por familias reales que controlaban todas las actividades productivas en su propio territorio, concentraban los frutos de las mismas y los distribuían luego sabiamente a la población; este sistema tuvo seguramente éxito, teniendo en cuenta que, después de la catástrofe provocada por el gran terremoto, acompañado por maremotos e incendios - al que de inmediato siguieron invasiones de pueblos de la Grecia continental - que destruyó hacia el 1700 a.C. los primeros palacios, se construyeron los segundos según una planta que refleja una organización casi idéntica de la vida. Este modo de vida durará aún por algunos siglos hasta que, hacia 1450 a.C., un nuevo cataclismo destruyó también esta segunda fase de la Creta minoica: tal vez fue la tremenda erupción del volcán de la isla de Santorín (Thera), acontecimiento de tales dimensiones que inclusive la Biblia habla de él, y del que probablemente nació el mito de una entera civilización sumergida en el mar con sus ciudades de oro, Atlántida. El alcance de la erupción está documentado arqueológicamente, entre otras cosas, por diversos metros de cenizas y materias volcánicas de Thera hallados nada menos que en el golfo de Tarento, a miles de kilómetros de distancia. El desarrollo de las potentes monarquías burocráticas minoicas, parecidas a las que gobernaban en los centros del Cercano Oriente, se refleja en las notables dimensiones y en el lujo refinado de palacios, fincas y viviendas privadas, desde las que una verdadera talasocracia (“dominio sobre los mares”) controlaba la cuenca del mar Egeo. Los exponentes de esta casta registraban sus actividades, sus cuentas de administración, sus contratos, escribiendo en tablillas de arcilla en un idioma afín al futuro griego clásico y en una escritura derivada del sistema jeroglífico, que aún hoy no ha sido descifrada completamente. Eran intensos los contactos con las islas vecinas y con la Siria de los fenicios, con el Asia Menor y con Egipto, cuyos documentos hacen referencia a los Keftíou, un pueblo aliado en el que se cree identificar justamente a los Cretenses minoicos. El mundo espiritual cretense era complejo y articulado; así lo revelan las sepulturas, cuyos ajuares testimonian la creencia en una vida ultraterrena, y los símbolos religiosos sobre los cuales domina, junto a los dobles cuernos, el hacha de doble filo con la cual el rey-sacerdote podía, si necesario, ejercer su dùplice derecho, político y religioso: derecho de vida y de muerte con un filo sobre los civiles y otro sobre las víctimas sacrifícales. La cultura minoica se extendió y arraigó incluso en la no lejana península griega del Peloponeso, donde las florecientes ciudades de Argos, Pilos, Nauplia, Micenas y Tirinto vivían en la luz de la análoga civilización minoica. A la caída de ésta, marcada por la erupción volcánica, las poblaciones del Peloponeso, de estirpe aquea, se arrojaron sobre las costas de Creta debilitada y martirizada y conquistaron fácilmente las ciudades, dando comienzo a una de las más singulares inversiones de la historia: la civilización micénica, casi hija de la minoica y que de todos modos tenía en ésta raíces profundas, invadía ahora esa misma Creta para reemplazar a la cultura que la había generado. No obstante, también la Edad Micénica fue período de esplendor y de potencia para Creta; a esta época se remontan hechos de los que hoy quedan huellas sólo en la épica o en el mito, como la participación de valerosos héroes cretenses en la guerra de Troya narrada por Homero. Los reyes aqueos ocuparon los mismos sitios de sus predecesores minoicos, reconstruyéndolos y adaptándolos a sus exigencias; sus documentos están escritos en un idioma progenitor del griego clásico y con una escritura en cierto modo conectada con la de sus precursores, la Lineal B. Hacia 1050 a.C., la invasión de pueblos de estirpe dórica, provenientes del continente, marca el fin de la civilización micénica (en Creta como en el resto de Grecia) y el comienzo de la civilización griega clásica. Creta se transforma en una gran potencia, con sus numerosas ciudades-estado que se dividen la gran herencia económica y cultural de los reinos micénicos en la tierra firme y en el mar, permaneciendo siempre conectada a la lengua y a la cultura de las estirpes dóricas. Rica, poderosa y en posición estratégica, tendrá firmes contactos con Oriente y contribuirá, importando productos y acogiendo artesanos, a la creación del estilo griego clásico, el cual recibirá continuamente vivaces estímulos por parte del estilo de las costas anatólicas grecizadas. Con este pasado de destacadas tradiciones históricas, Creta cayó en manos de los romanos, nuevos dominadores del Mediterráneo, en el siglo I a.C., cuando el cónsul Mételo, llamado precisamente “el Cretense”, arrasó la isla y la conquistó para la Ciudad Eterna. Con la formación del Imperio, Creta, unificada con la Cirenaica (hoy Libia), formó una provincia única, una de las más ricas del Imperio, cuyo gobernador residía en Cortina, en la llanura de Mesarás.
A partir de las postrimerías del Imperio Romano, la historia de la isla, objeto de la codicia de todos los pueblos que daban al Mediterráneo, se hace cada vez más confusa y dramática, ensangrentada por continuas agresiones y las naturales rebeliones contra los opresores. Desde el 324 formó parte, como toda la Grecia, del Imperio Bizantino; en el 823 fue arrebatada por los árabes, que permanecieron en ella por más de un siglo, hasta el año 961.
Rescatada por la flota bizantina de Nicéforo Focas, después de la IV Cruzada se la disputaron las repúblicas marineras de Genova y Venecia, con el triunfo de la Serenísima. Esta mantuvo el poder por un período próspero si bien largo, desde 1204 hasta 1669, y debió sofocar numerosas revueltas en reclamo de la libertad; aún hoy, en todo el territorio de la isla se conservan recuerdos de estas luchas. Fue atacada e invadida por los turcos en 1645, pero la conquista se completó sólo cuando, después de un denodado asedio de casi 24 años, cayó la capital, Candía; esta rendición marcó la retirada definitiva de los venecianos. Creta permaneció bajo los despiadados dominadores extranjeros por más de dos siglos, desde 1669 hasta 1898, el período más sombrío de su historia, en que fue centro de encarnizada resistencia contra el invasor turco, pagándola con un número incalculable de víctimas inocentes. Apoyada por Inglaterra, se sublevó en 1898 y declaró su independencia; la anexión a Grecia data de 1913. En 1923 la población musulmana fue obligada a dejar la isla, en la que encontraron refugio, por el contrario, los griegos que huían de las costas turcas. Durante la II guerra mundial cayó en manos de los alemanes, quienes se vieron obligados a enfrentar la violenta oposición de un pueblo orgulloso, cuya principal característica, madurada a lo largo de su atormentada historia, es precisamente un ardiente deseo de libertad. Hoy, la isla de Creta constituye la joya más preciada de Grecia.
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Las de la limpieza correctísimas. Y las jóvenes recepcionistas encantadoras.
Normalita. Solo la usabamos para dormir.
No es normal llegar a las 6:30 de la mañana, solo había un señor en recepción que encima te hace rellenar papeles. Para colmo hubo que insistirle en que no habíamos dormido nada y que nos mandara un botones.
Tambien debo protestar por el abuso de los ingleses de dejar todo el día la toalla en las tumbonas sin que aparecieran a ocuparlas. Eso si, un impresentable del bar de... Seguir leyendo
Estancia en agosto 2011 - leída 826 veces
María
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Pareja, 26-30 Años
Madrid, España
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Pareja, 26-30 Años
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Para empezar he de decir, que me esperaba mucho más. El recinto es bastante grande y boniot, con muy buenas vistas, además mi bungalow daba al mar. La habitación, era muy muy normalita, y el cuarto de baño tenía lo básico pero estaba bastante viejo. En cuanto a limpieza, perfecto. Nosotros teníamos contratado un Todo Incluido, que estaba bastante bien, la única pega era que en la piscina no servían alcohol. La mayoría de la clientela eran Ingleses, Franceses..,sobretodo familias.
Las piscin... Seguir leyendo
Estancia en septiembre 2011 - leída 910 veces
Oliver
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Amigos, 26-30 Años
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Amigos, 26-30 Años
/ 6
en el hotel hay dos partes. una vieja y otra nueva. nuestra habitación estaba en la parte vieja. por una parte la habitación era muy grande y comoda pero el baño era muy pequeño y no para un hotel de cuatro estrellas.
la limpieza era buena en lineas generales.
tanto el desayuno como la cena estaban bien, pero no eran perfectos. había variedad. lo que más me gustó es que cada día de la semana por la tarde había un tipo de comida que te la hacía en el instante y era de buena calidad.
era mu... Seguir leyendo
Estancia en septiembre 2012 - leída 199 veces
Juan Lopez
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Solo/a, 19-25 Años
villar, España
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Solo/a, 19-25 Años
villar, España
/ 6
lo mejor que he probado en todo lo que llevo viajando de paises en paises,muy buenas comodidades y lujos,buena asistencia y muy bonito y decorado todo,la verdad,lo mejor de lo mejor en acomodaciones. Seguir leyendo
Estancia en abril 2013 - leída 6 veces
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