Egipto
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184296_Hotel_Sol_Y_Mar_Dar_El_Madina
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Precio y disponibilidad del Hotel Sol Y Mar Dar El Madina
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Precio y disponibilidad del Hotel Sol Y Mar Dar El Madina
204349_Sensimar_Makadi_Hotel
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Precio y disponibilidad del Sensimar Makadi Hotel
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Precio y disponibilidad del Sensimar Makadi Hotel
186833_Jaz_Makadi_Bayview_Hotel__Golf_Resort
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Precio y disponibilidad del Jaz Makadi Bayview Hotel & Golf Resort
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Precio y disponibilidad del Jaz Makadi Bayview Hotel & Golf Resort
8666_ROBINSON_Club_Soma_Bay
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Precio y disponibilidad del ROBINSON Club Soma Bay
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Precio y disponibilidad del ROBINSON Club Soma Bay
176819_Hotel_Kempinski_Soma_Bay
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Precio y disponibilidad del Hotel Kempinski Soma Bay
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8662_Hotel_Iberotel_Coraya_Beach
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Precio y disponibilidad del Hotel Iberotel Coraya Beach
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Precio y disponibilidad del Hotel Iberotel Coraya Beach
86381_Hotel_Iberotel_Samaya
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Precio y disponibilidad del Hotel Iberotel Samaya
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Precio y disponibilidad del Hotel Iberotel Samaya
34558_Hotel_Baron_Resort
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Precio y disponibilidad del Hotel Baron Resort
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Precio y disponibilidad del Hotel Baron Resort
8586_Hotel_Iberotel_Makadi_Beach
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Precio y disponibilidad del Hotel Iberotel Makadi Beach
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Precio y disponibilidad del Hotel Iberotel Makadi Beach
86875_Hotel_JAZ_Makadi_Star__Spa
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Precio y disponibilidad del Hotel JAZ Makadi Star & Spa
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Precio y disponibilidad del Hotel JAZ Makadi Star & Spa
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Egipto: Guía de viajes
Egipto
El antiguo pueblo egipcio se nos aparece como portador de una civilización superior, llegada desde otro mundo. En el mismo período en que los pueblos de la tierra salían lentamente de la Edad de la Piedra, dando vida a primitivas culturas de nivel semejante en todos los rincones del planeta, el pueblo egipcio nace ya adulto y bien pronto traspasa las barreras de las posibilidades humanas de siete mil años ha, casi en virtud de experiencias vividas en otro mundo de extraordinario adelanto.
En la tierra bañada por el Nilo empieza a gestarse así una experiencia irrepetible, que en pocos siglos alcanza un desarrollo vertiginoso y crea obras artísticas y científicas muy superiores a las posibilidades de su tiempo. La construcción de la pirámide de Keops — cuando aún no se conocían el hierro y la rueda — sigue siendo todavía hoy un misterio inexplicable. Quedamos aún más desconcertados si pensamos que, ya antes de elevar la Gran Pirámide, los antiguos egipcios conocían técnicas que les permitían encauzar las riadas del Nilo a lo largo de miles de kilómetros, dando así fertilidad a la tierra con el limo del río y convirtiendo al desierto mismo en una especie de nuevo paraíso terrenal. Considerando las etapas de desarrollo de los otros pueblos, algunos de los cuales se han quedado detenidos en el Neolítico casi hasta nuestros días, nos damos cuenta de que el pueblo del “planeta Egipto” ha anticipado en más de dos mil años la historia del mundo. Además, el impulso dado ha sido de tal fuerza que dura incluso a distancia de miles y miles de años. Las armas usadas en la colosal conquista fueron el agua y el fuego, es decir, el Nilo y el Sol: armas que el antiguo pueblo supo forjar, labrándolas adecuadamente para que la destrucción sembrada por el agua y el fuego se volviese propicia para la fertilidad de la tierra, para la vida misma de Egipto.
Los hombres colaboraron con Isis y Osiris para recrear la vida, para devolverle a la Tierra el aspecto del Paraíso, un jardín terrenal de las delicias que recordase las del Paraíso celeste. Egipto no es la Tierra Prometida: es la tierra creada por el hombre día tras día, año tras año, en una obra que se renueva sin fin y donde se confunden criatura con Creador. Ya no hay solución de continuidad entre dioses y hombres, los dioses están entre los hombres: su rostro es el mismo rostro del hombre, o el de los animales que lo rodean en el cielo y en la tierra; sus manos son invisibles e infinitas, como infinitos son los rayos del sol. En cada terrón de la tierra de Egipto están el agua y el fuego cósmico, la muerte y la resurrección, la esencia humana y la esencia divina. El Nilo y el Sol trazan dos anillos que no tienen límites, que recorren todo lo existente en este mundo y el otro; el río y el astro rey forman la senda a lo largo de la cual el hombre nuevo del “planeta Egipto” halla el devenir y la razón misma de su eterno camino. Nosotros, los hombres del año dos mil después de Cristo, pode... Seguir leyendo
El antiguo pueblo egipcio se nos aparece como portador de una civilización superior, llegada desde otro mundo. En el mismo período en que los pueblos de la tierra salían lentamente de la Edad de la Piedra, dando vida a primitivas culturas de nivel semejante en todos los rincones del planeta, el pueblo egipcio nace ya adulto y bien pronto traspasa las barreras de las posibilidades humanas de siete mil años ha, casi en virtud de experiencias vividas en otro mundo de extraordinario adelanto.
En la tierra bañada por el Nilo empieza a gestarse así una experiencia irrepetible, que en pocos siglos alcanza un desarrollo vertiginoso y crea obras artísticas y científicas muy superiores a las posibilidades de su tiempo. La construcción de la pirámide de Keops — cuando aún no se conocían el hierro y la rueda — sigue siendo todavía hoy un misterio inexplicable. Quedamos aún más desconcertados si pensamos que, ya antes de elevar la Gran Pirámide, los antiguos egipcios conocían técnicas que les permitían encauzar las riadas del Nilo a lo largo de miles de kilómetros, dando así fertilidad a la tierra con el limo del río y convirtiendo al desierto mismo en una especie de nuevo paraíso terrenal. Considerando las etapas de desarrollo de los otros pueblos, algunos de los cuales se han quedado detenidos en el Neolítico casi hasta nuestros días, nos damos cuenta de que el pueblo del “planeta Egipto” ha anticipado en más de dos mil años la historia del mundo. Además, el impulso dado ha sido de tal fuerza que dura incluso a distancia de miles y miles de años. Las armas usadas en la colosal conquista fueron el agua y el fuego, es decir, el Nilo y el Sol: armas que el antiguo pueblo supo forjar, labrándolas adecuadamente para que la destrucción sembrada por el agua y el fuego se volviese propicia para la fertilidad de la tierra, para la vida misma de Egipto.
Los hombres colaboraron con Isis y Osiris para recrear la vida, para devolverle a la Tierra el aspecto del Paraíso, un jardín terrenal de las delicias que recordase las del Paraíso celeste. Egipto no es la Tierra Prometida: es la tierra creada por el hombre día tras día, año tras año, en una obra que se renueva sin fin y donde se confunden criatura con Creador. Ya no hay solución de continuidad entre dioses y hombres, los dioses están entre los hombres: su rostro es el mismo rostro del hombre, o el de los animales que lo rodean en el cielo y en la tierra; sus manos son invisibles e infinitas, como infinitos son los rayos del sol. En cada terrón de la tierra de Egipto están el agua y el fuego cósmico, la muerte y la resurrección, la esencia humana y la esencia divina. El Nilo y el Sol trazan dos anillos que no tienen límites, que recorren todo lo existente en este mundo y el otro; el río y el astro rey forman la senda a lo largo de la cual el hombre nuevo del “planeta Egipto” halla el devenir y la razón misma de su eterno camino. Nosotros, los hombres del año dos mil después de Cristo, pode... Seguir leyendo
Egipto
El antiguo pueblo egipcio se nos aparece como portador de una civilización superior, llegada desde otro mundo. En el mismo período en que los pueblos de la tierra salían lentamente de la Edad de la Piedra, dando vida a primitivas culturas de nivel semejante en todos los rincones del planeta, el pueblo egipcio nace ya adulto y bien pronto traspasa las barreras de las posibilidades humanas de siete mil años ha, casi en virtud de experiencias vividas en otro mundo de extraordinario adelanto.
En la tierra bañada por el Nilo empieza a gestarse así una experiencia irrepetible, que en pocos siglos alcanza un desarrollo vertiginoso y crea obras artísticas y científicas muy superiores a las posibilidades de su tiempo. La construcción de la pirámide de Keops — cuando aún no se conocían el hierro y la rueda — sigue siendo todavía hoy un misterio inexplicable. Quedamos aún más desconcertados si pensamos que, ya antes de elevar la Gran Pirámide, los antiguos egipcios conocían técnicas que les permitían encauzar las riadas del Nilo a lo largo de miles de kilómetros, dando así fertilidad a la tierra con el limo del río y convirtiendo al desierto mismo en una especie de nuevo paraíso terrenal. Considerando las etapas de desarrollo de los otros pueblos, algunos de los cuales se han quedado detenidos en el Neolítico casi hasta nuestros días, nos damos cuenta de que el pueblo del “planeta Egipto” ha anticipado en más de dos mil años la historia del mundo. Además, el impulso dado ha sido de tal fuerza que dura incluso a distancia de miles y miles de años. Las armas usadas en la colosal conquista fueron el agua y el fuego, es decir, el Nilo y el Sol: armas que el antiguo pueblo supo forjar, labrándolas adecuadamente para que la destrucción sembrada por el agua y el fuego se volviese propicia para la fertilidad de la tierra, para la vida misma de Egipto.
Los hombres colaboraron con Isis y Osiris para recrear la vida, para devolverle a la Tierra el aspecto del Paraíso, un jardín terrenal de las delicias que recordase las del Paraíso celeste. Egipto no es la Tierra Prometida: es la tierra creada por el hombre día tras día, año tras año, en una obra que se renueva sin fin y donde se confunden criatura con Creador. Ya no hay solución de continuidad entre dioses y hombres, los dioses están entre los hombres: su rostro es el mismo rostro del hombre, o el de los animales que lo rodean en el cielo y en la tierra; sus manos son invisibles e infinitas, como infinitos son los rayos del sol. En cada terrón de la tierra de Egipto están el agua y el fuego cósmico, la muerte y la resurrección, la esencia humana y la esencia divina. El Nilo y el Sol trazan dos anillos que no tienen límites, que recorren todo lo existente en este mundo y el otro; el río y el astro rey forman la senda a lo largo de la cual el hombre nuevo del “planeta Egipto” halla el devenir y la razón misma de su eterno camino. Nosotros, los hombres del año dos mil después de Cristo, podemos todavía volver a hallar ese inefable equilibrio entre la vía del Agua y la vía del Fuego si nos dejamos mecer por las aguas que bajan desde el Alto Egipto, abandonándonos en una embarcación de vela.
Podemos todavía volver a hallar ese puente invisible que nos liga a las fuentes de nuestra historia, experimentar también nosotros la profunda emoción que embargaba a nuestros antepasados cuando, siete mil años atrás, escuchaban el canto que se levantaba, al comienzo del año, con la crecida del caudal del Nilo: “¡Ven, agua de la vida que brotas del Cielo! ¡Ven, agua de la vida que brotas de la Tierra! El Cielo arde y la Tierra tiembla ante la llegada del Gran Dios. Las montañas, a Occidente y a Oriente, se abren; el Gran Dios aparece, el Gran Dios se apodera del cuerpo de Egipto”.
El antiguo pueblo egipcio se nos aparece como portador de una civilización superior, llegada desde otro mundo. En el mismo período en que los pueblos de la tierra salían lentamente de la Edad de la Piedra, dando vida a primitivas culturas de nivel semejante en todos los rincones del planeta, el pueblo egipcio nace ya adulto y bien pronto traspasa las barreras de las posibilidades humanas de siete mil años ha, casi en virtud de experiencias vividas en otro mundo de extraordinario adelanto.
En la tierra bañada por el Nilo empieza a gestarse así una experiencia irrepetible, que en pocos siglos alcanza un desarrollo vertiginoso y crea obras artísticas y científicas muy superiores a las posibilidades de su tiempo. La construcción de la pirámide de Keops — cuando aún no se conocían el hierro y la rueda — sigue siendo todavía hoy un misterio inexplicable. Quedamos aún más desconcertados si pensamos que, ya antes de elevar la Gran Pirámide, los antiguos egipcios conocían técnicas que les permitían encauzar las riadas del Nilo a lo largo de miles de kilómetros, dando así fertilidad a la tierra con el limo del río y convirtiendo al desierto mismo en una especie de nuevo paraíso terrenal. Considerando las etapas de desarrollo de los otros pueblos, algunos de los cuales se han quedado detenidos en el Neolítico casi hasta nuestros días, nos damos cuenta de que el pueblo del “planeta Egipto” ha anticipado en más de dos mil años la historia del mundo. Además, el impulso dado ha sido de tal fuerza que dura incluso a distancia de miles y miles de años. Las armas usadas en la colosal conquista fueron el agua y el fuego, es decir, el Nilo y el Sol: armas que el antiguo pueblo supo forjar, labrándolas adecuadamente para que la destrucción sembrada por el agua y el fuego se volviese propicia para la fertilidad de la tierra, para la vida misma de Egipto.
Los hombres colaboraron con Isis y Osiris para recrear la vida, para devolverle a la Tierra el aspecto del Paraíso, un jardín terrenal de las delicias que recordase las del Paraíso celeste. Egipto no es la Tierra Prometida: es la tierra creada por el hombre día tras día, año tras año, en una obra que se renueva sin fin y donde se confunden criatura con Creador. Ya no hay solución de continuidad entre dioses y hombres, los dioses están entre los hombres: su rostro es el mismo rostro del hombre, o el de los animales que lo rodean en el cielo y en la tierra; sus manos son invisibles e infinitas, como infinitos son los rayos del sol. En cada terrón de la tierra de Egipto están el agua y el fuego cósmico, la muerte y la resurrección, la esencia humana y la esencia divina. El Nilo y el Sol trazan dos anillos que no tienen límites, que recorren todo lo existente en este mundo y el otro; el río y el astro rey forman la senda a lo largo de la cual el hombre nuevo del “planeta Egipto” halla el devenir y la razón misma de su eterno camino. Nosotros, los hombres del año dos mil después de Cristo, podemos todavía volver a hallar ese inefable equilibrio entre la vía del Agua y la vía del Fuego si nos dejamos mecer por las aguas que bajan desde el Alto Egipto, abandonándonos en una embarcación de vela.
Podemos todavía volver a hallar ese puente invisible que nos liga a las fuentes de nuestra historia, experimentar también nosotros la profunda emoción que embargaba a nuestros antepasados cuando, siete mil años atrás, escuchaban el canto que se levantaba, al comienzo del año, con la crecida del caudal del Nilo: “¡Ven, agua de la vida que brotas del Cielo! ¡Ven, agua de la vida que brotas de la Tierra! El Cielo arde y la Tierra tiembla ante la llegada del Gran Dios. Las montañas, a Occidente y a Oriente, se abren; el Gran Dios aparece, el Gran Dios se apodera del cuerpo de Egipto”.











