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Guía de España
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España - unas pinceladas de historia
Bañada por las frías aguas del Océano Atlántico y por el cálido Mar Mediterráneo, y con una gran variedad de climas – desde el clima continental, de fríos inviernos, que predomina en las altiplanicies y llanuras del interior, hasta el calor abrasador de las regiones del sur -, España ocupa la parte ... Seguir leyendoEspaña - unas pinceladas de historia
Bañada por las frías aguas del Océano Atlántico y por el cálido Mar Mediterráneo, y con una gran variedad de climas – desde el clima continental, de fríos inviernos, que predomina en las altiplanicies y llanuras del interior, hasta el calor abrasador de las regiones del sur -, España ocupa la parte mayor de la Península Ibérica; al oeste de ella, se encuentra Portugal. A lo largo de los siglos, la fertilidad de sus tierras, la riqueza minera de su subsuelo, la abundancia de peces en sus mares y la amenidad de sus características ambientales convirtieron a este país en el codiciado objetivo de innumerables pueblos.
El hombre hizo su aparición en las tierras ibéricas en torno al 800.000 a.C.: se trataba de grupos de cazadores, a los que sólo mucho tiempo después se sumarían tribus dedicadas al pastoreo y, en torno al 5.000 a.C., también a la agricultura. Luego fue el turno de los colonizadores, que llegaron aquí desde otras tierras creando sus colonias, pero transmitiendo también su cultura: en primer lugar, en torno al 1.100 a.C. a las costas españolas arribaron los fenicios, quienes fundaron florecientes factorías, sobre todo a lo largo de la costa sudeste; les siguieron los griegos, que a partir del siglo VII se establecieron en la costa nordeste del país; por último, los cartagineses se presentaron en la Península Ibérica en el 228 a.C., dando inicio a una imparable acción de conquista que tuvo su punto de partida en Andalucía. Pero estos evolucionados “extranjeros”, decididos a transformar España en una propia colonia, tuvieron que medirse con poblaciones indígenas y culturas autóctonas: legendario sigue siendo el poderoso reino de Tartessos, en la parte sur de España, que floreció en torno al siglo VIII a.C. y fue vencido sólo por los intrépidos soldados cartagineses de Amílcar Barca en las postrimerías del siglo III a.C. Igualmente tenaces y aguerridos se demostraron los celtíberos, nacidos de la fusión de algunas tribus indígenas con los celtas que, en los tiempos antiguos, habían descendido desde el norte para conquistar la meseta castellana. Justamente con los celtíberos, y no sólo con ellos, sino también con las tropas del general cartaginés Aníbal, hijo de Amílcar Barca, tuvo que enfrentarse Publio Cornelio Escipión, llamado el Africano cuando, en 218 a.C., desembarcó en el estratégico puerto de Emporion (actual Empúries o Ampurias, en la costa nordeste de España), dando inicio a la segunda guerra púnica y a la conquista romana de la Península. Y si ya en 206 a.C. el poderío cartaginés había caído definitivamente a manos de Escipión, la conquista sistemática de todo el territorio hispano fue una empresa sumamente difícil para los hijos de Roma: en efecto, las poblaciones locales defendieron sus tierras encarnizadamente, y sólo en 19 a.C., después de numerosos avatares, Augusto pudo proclamar su victoria. Fue así que Hispania - a cuyas ciudades Vespasiano concedió en 74 d.C. la ciudadanía romana – se convirtió en una de las principales fuentes de preciosos minerales y en el granero del imperio, gracias a las inmensas extensiones con cultivos de cereales. Pero a Roma las tierras ibéricas le ofrecieron también grandes personajes, del emperador Trajano al filósofo Séneca, recibiendo en cambio la ampliación y embellecimiento de sus ciudades, la realización de infraestructuras (acueductos, calzadas, puentes), la fundación de nuevos centros y la construcción de majestuosos monumentos. Cuando la potencia de Roma empezó a declinar, Hispania - que del imperio era provincia periférica - fue una de las primeras en pagar las consecuencias: ya a mediados del siglo III se habían verificado numerosas incursiones de francos que bajaban desde el norte, pero el golpe de gracia a la potencia romana se lo asestaron los vándalos, suevos y alanos que, franqueados los Pirineos en 409, saquearon la península. Mas fueron los visigodos, otro pueblo germánico, quienes reemplazaron a los romanos tras llevar a término la conquista de la península en 415: instalada la corte en Barcelona, los visigodos dejaron sustancialmente inalterada la estructura política, jurídica y administrativa creada por Roma, limitándose a superponer a la misma su soberanía, defendida por un sólido régimen militar. En cambio, vanamente los nuevos amos trataron de imponer el arrianismo en un país donde ya desde el siglo III se estaba difundiendo el cristianismo romano: es más, fue precisamente cuando en las postrimerías del siglo VI el rey de los visigodos, Recaredo, abrazó el cristianismo romano que se produjo el primer acercamiento de las poblaciones hispánicas a los antiguos invasores y dio comienzo la fusión de la rica cultura hispano-romana con la cultura más ruda importada por los visigodos. Sin embargo, en el siglo VII la solidez del reino visigodo de España empezó a tambalearse, minada también por las luchas intestinas de los nobles: fue así que el reino pudo oponer muy poca resistencia al avance de las huestes árabes, que en 711 desembarcaron en las costas meridionales de Hispania. En poco tiempo, los musulmanes lograron conquistar el resto de la Península Ibérica, a excepción de una estrecha franja de territorio en las montañas del norte, donde los partidarios cristianos del rey visigodo se refugiaron y organizaron la resistencia: la victoria obtenida por estos últimos en 722 sobre los árabes en Covadonga es interpretada como un signo divino y habría de representar la primera piedra de la futura y heroica Reconquista del país. Frustrados los moros en su ambicioso proyecto de someter todo el continente por la derrota que les infligiera Carlos Martel en Poitiers en 732, se dedicaron a la reorganización de los territorios españoles conquistados y que ellos denominaron al-Andalus: nacía así el potente califato independiente de Córdoba y empezaba a florecer una rica y refinada cultura, destinada a alcanzar un esplendor sin igual en Europa y a dejar huellas indelebles en la historia española. La España mora se afirmó, pues, como una gran potencia a la vanguardia en todos los campos del saber, de la matemática a la arquitectura, de la astronomía a las artes decorativas, de los inventos bélicos a las técnicas de navegación. Mientras tanto, en el norte de la Península Ibérica se estaba organizando, lenta e inflexiblemente, la resistencia cristiana: en 744, Alfonso I de Asturias obtuvo grandes triunfos en León, ocupando también Galicia y Cantabria; en el siglo IX, Alfonso II fijó su residencia en Oviedo, nueva capital del reino cristiano, aliándose con los vecinos pueblos vascos, de siempre orgullosos de su independencia y obstinadamente contrarios a los moros; en 905 fue el turno de Navarra, que se transformó en reino cristiano bajo Sancho I Garcés, mientras que en 913, García I trasladó la capital del reino asturiano de Oviedo a León. Mas cuando a partir de 976 en Córdoba empuñó las riendas del poder el enérgico caudillo Almanzor, todas las luchas intestinas que habían debilitado el dominio moro fueron aplacadas y la venganza árabe se abatió sobre los reinos cristianos: Barcelona fue incendiada, sus pobladores asesinados o capturados, mientras que devastadoras incursiones azotaron Asturias y Cataluña, Navarra y León, Aragón y la misma Santiago de Compostela, donde la catedral fue arrasada; se salvaron sólo puertas y campanas que, trasladadas a Córdoba, fueron utilizadas para construir techos y lámparas de la gran mezquita entonces en construcción. Mas a la muerte de Almanzor en 1002, la situación no tardó en invertirse: sacando provecho de la disgregación del territorio musulmán, que se fue fraccionando en los pequeños reinos de taifas, partidarios de la secesión, los cristianos avanzaron compactos hacia el sur, y mientras el conde de Barcelona marchaba sobre Córdoba, a Sancho III el Mayor, rey de Navarra, se le reconocía la soberanía sobre el reino leonés, sobre Aragón y Castilla. A partir de entonces, el destino parecía marcado: en 1013 cayó definitivamente el califato de Córdoba; en 1037, Fernando I reunió León y Castilla bajo su corona; en 1085, Alfonso VI de Castilla y León se apoderó de Toledo; en 1094, el Cid Campeador expugnó Valencia; mientras que a mediados del siglo XII las bodas de Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, con Petronila, hija y sucesora del rey aragonés, llevaron a la unión política entre Aragón y Cataluña: el hijo de la pareja, Alfonso II, fue el primero de los reyes catalanes. Mientras tanto, los almohades (tribu beréber procedente de Marruecos) desembarcaron en España destronando a los almorávides, otra dinastía árabe que tenía vastas posesiones en el sur de la península. En 1195, los almohades invadieron Andalucía y expulsaron a millares de mozárabes (cristianos que seguían viviendo en tierra sarracena), eligiendo como capital la ciudad de Sevilla. Mas la reacción del mundo cristiano fue rápida y decidida: el papa Inocencio III organizó una cruzada y en 1212, en las Navas de Tolosa, una coalición de reyes cristianos (Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII el Fuerte de Navarra) detuvo finalmente su avance. Por lo tanto, mientras Jaime I conquistaba las Baleares y los reinos de Valencia y de Murcia, Fernando III reunía bajo su corona Castilla y León (1230). Y a este último soberano, al cabo de seis años, se rendiría también Córdoba. Y sin embargo, numerosos seguían siendo todavía los focos de resistencia musulmana, tanto es así que a partir de ese momento la Reconquista avanzó dando pequeños pero seguros pasos: en 1246 Fernando III conquistó Jaén, y en 1248 cayó Sevilla; Granada y Málaga entraron a formar parte de un nuevo Estado musulmán, bajo la dinastía árabe de los nazaríes, que rindió vasallaje al rey cristiano y ofreció refugio a millares de moros en fuga. Sin embargo, el hecho de que en España reinaran varios soberanos cristianos inevitablemente divididos por rivalidades y contrastes no favoreció la obra de reconquista definitiva: no fue casual, pues, que el dominio del Islam en España terminara definitivamente sólo cuando las diferentes coronas se reunieron. Ello sucedió en 1469, cuando Fernando, rey de Aragón, Valencia y Cataluña, se casó con Isabel, reina de Castilla, Murcia y Almería. Abolido el régimen feudal e instaurada una sólida monarquía absoluta, los Reyes Católicos dieron una nueva fisonomía al país: obtenida de Sixto IV (1478) la introducción de la Inquisición en el reino, en 1492 – el mismo año de la rendición de Granada (que marcó la definitiva reunificación de España) – decidieron la expulsión de todos los judíos, y en 1502 la de los moros que no se hubieran convertido al cristianismo. Pero 1492 fue también el año del descubrimiento de América por Cristóbal Colón, cuyas carabelas navegaban bajo el pendón de la corona española. Después de la llegada a las islas antillanas, los conquistadores se adentraron en la tierra firme, acaparando para la corona los territorios de México (1519), Perú (1532) y Chile (1541). La exploración y conquista de estos nuevos e inmensos territorios del Nuevo Mundo habría significado también la llegada de inconmensurables riquezas y recursos fundamentales para el futuro desarrollo del reino español. Además, la navegación recibió un impulso decisivo, con Sevilla que se afirmó como uno de los puertos más importantes de Europa; mientras, junto con los metales preciosos, llegaban también a España nuevos productos de la tierra, como la patata y el maíz, pero también el tabaco y el cacao. Mas un período de esplendor tan grande no podía dejar de presentar también vastas zonas en sombras: así, mientras que en el interior los moros convertidos se rebelaban contra persecuciones e impuestos, muchas voces se alzaban en el exterior para condenar el exterminio de los indígenas americanos. Y si Carlos I – nieto de los Reyes Católicos y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de Carlos V por ser heredero del trono de los Habsburgos – guió las tropas españolas en los campos de batalla de toda Europa, Felipe II, su hijo y sucesor en los dominios de España, Flandes e Italia, si bien sabio y sagaz administrador, se encontró a gobernar un reino aparentemente opulento pero en realidad al borde del colapso financiero, justamente a causa de las muchas guerras emprendidas. En 1588, el monarca asistió a la derrota y hundimiento de la Armada Invencible, temible flota vanamente enviada a la conquista de Inglaterra. Este triste episodio marcó el inicio de un redimensionamiento del poder español en Europa y de la imparable decadencia y caída del reino: durante la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII, los soberanos españoles se impusieron como meta favorecer el desarrollo de las artes y las ciencias, embelleciendo y enriqueciendo ciudades y palacios y dando vida al “Siglo de Oro” en el campo de las artes y la literatura, pero se empeñaron también en agotadoras guerras en los Países Bajos y en Italia, sin prestar atención ni a las arruinadas finanzas del Estado, ni a la economía a punto de colapsar, con una agricultura en fuerte regresión, una astronómica deuda exterior y una industria completamente descuidada. El último rey de la Casa de Austria, Carlos II, no tuvo descendencia, y antes de morir en 1700 designó él mismo por sucesor a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia. Ello desencadenó la ira de Austria que le opuso otro pretendiente, el archiduque Carlos, al que apoyaron Cataluña, Valencia y las Baleares. Siguió una larga y dura Guerra de Sucesión (1702-1714), que terminó con la victoria y reconocimiento del pretendiente francés, quien con el nombre de Felipe V inició la dinastía de Borbón en España. Pero el nuevo soberano se vio despojado de los territorios de Flandes, Italia, Menorca y Gibraltar, que pasó a los ingleses mediante el Tratado de Utrecht. El rey Felipe V intentó modernizar España a la imagen y semejanza de Francia. El nuevo soberano se propuso objetivos bien precisos: reforzar el Estado disminuyendo el poder de la Iglesia, mejorar la economía favoreciendo en primer lugar la industria, reorganizar el ejército, incentivar las artes y la cultura. Se esforzó por llevar adelante esta obra tan ardua de reconstrucción moral y material también su sucesor, Carlos III (1759-1788), ferviente católico y, sin embargo, tenazmente decidido a expulsar de España primero al Inquisidor General y luego, en 1766, a los jesuitas. A él se deben la terminación del Palacio Real de Madrid, el Museo del Prado, y la progresiva apertura hacia esos aires mucho más modernos que venían de París, siguiendo la estela de la Ilustración. Totalmente diferente se reveló Carlos IV, víctima primero de la despótica voluntad de su esposa, María Luisa de Parma, y luego de las miras de Napoleón que, ya con efectivos establecidos en el país, en 1808 lo persuadió en Bayona a abdicar, entregando el trono a su hermano José Bonaparte. Pero España, ya duramente humillada por la derrota sufrida por su flota, prácticamente destruida por Nelson en la batalla de Trafalgar en 1805, reaccionó con dureza: los primeros en levantarse contra el invasor fueron los campesinos, pero la insurrección se extendió luego a todas las regiones, dando lugar a una auténtica Guerra de Independencia que acabó sólo en 1814, con la caída de Napoleón. Mientras tanto, ya en 1812 las Cortes españolas se habían reunido en Cádiz promulgando la primera Constitución liberal del país. La Primera Restauración española tuvo el rostro decidido de Fernando VII que, negándose a reconocer dicha Constitución, restableció en el país la monarquía absoluta, readmitiendo a la Inquisición y los jesuitas y oponiéndose a toda iniciativa innovadora. Pero si este extremo y represivo conservadurismo del rey provocó la rebelión de las colonias de América, paradójicamente su cuarto matrimonio con la liberal María Cristina de Nápoles desencadenó en su contra a los sectores más conservadores del país, pues el monarca – aboliendo la ley sálica – designó como heredera a su hija Isabel en perjuicio de su hermano don Carlos: su elevación al trono en 1833 con el nombre de Isabel II provocó las llamadas “guerras carlistas”, cruentas guerras civiles que durante varias décadas contrapusieron a liberales y conservadores, sostenidos éstos por la Iglesia, con episodios de gran crueldad, el paréntesis de la Primera República (1873) y una profunda fractura en la sociedad española. Esta larga guerra civil acabó sólo en las postrimerías del siglo XIX con la subida al trono de Alfonso XII, que puso su mayor empeño en lograr la pacificación del reino. Y así, ya en los umbrales del siglo XX, en un país sustancialmente en decadencia, pocas y atentas intervenciones en el campo económico y de las finanzas no bastaron para controlar el malhumor que serpenteaba, y que aumentó después de la pérdida de Cuba y Filipinas (1898). Pese a un cada vez mayor despertar artístico y cultural, las repetidas y sanguinarias acciones de los anárquicos, los motines obreros, la desastrosa empresa bélica en Marruecos, así como la dura represión de las protestas que siguieron, contribuyeron a exasperar los ánimos. Ello dio como consecuencia una serie convulsa de históricos eventos: las huelgas y las manifestaciones en las plazas, fomentadas por sindicatos anárquicos y socialistas; el orden restablecido por la firme y resuelta dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923) que, sin embargo, no sobrevivió a la gran depresión de 1929; las elecciones de 1931, que con la victoria de la izquierda decretaron el destierro del rey Alfonso XIII – subido al trono en 1902 – y la proclamación de la Segunda República; el choque cada vez más encarnizado entre las fuerzas de derecha e izquierda, que el 18 de julio de 1936 provocó el estallido de una terrible guerra civil; el triunfo, después de tres años de luchas feroces y sanguinarias, de los nacionalistas acaudillados por el general Francisco Franco; el consiguiente exterminio de millares de partidarios de la causa republicana, entre los cuales numerosos intelectuales de gran prestigio; la sustancial no beligerancia durante la segunda guerra mundial; el régimen franquista, apoyado por la Iglesia y el ejército y sólo inicialmente combatido por la O.T.A.N. y la O.N.U. A la muerte de Franco, en 1975, vuelve a ocupar el trono de España un heredero de los Borbones, el rey Juan Carlos I, nieto de Alfonso XIII. Con el nuevo soberano, España ha emprendido decidida un rápido camino hacia la democracia, afirmándose en la Europa del año dos mil como un país moderno, sostenido por una sólida economía y gratificado por un feliz despertar civil, político, social e intelectual.
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