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De estas dos semanas de viaje por tierras belgas y holandesas, de todo lo vivido, nada se me quedará tan ag... Seguir leyendo

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Paises Bajos: Guía de viajes

Países Bajos

Cuando las legiones romanas se adentraron hasta la desembocadura del Rin, en el año 50 a. de J.C., se encontraron en una región llana, arenosa, azotada por los fríos vientos del norte y castigada por las frecuentes tormentas del mar: aquí se habían establecido algunas tribus, tal vez de origen germánico, que vivían de la c... Seguir leyendo
Países Bajos

Cuando las legiones romanas se adentraron hasta la desembocadura del Rin, en el año 50 a. de J.C., se encontraron en una región llana, arenosa, azotada por los fríos vientos del norte y castigada por las frecuentes tormentas del mar: aquí se habían establecido algunas tribus, tal vez de origen germánico, que vivían de la caza y de la pesca. Pese a su origen común, estos pueblos tenían entre sí notables diferencias: en el centro de la región se habían establecido los bátavos, ya mencionados por Plinio; en el sur estaban los francos, de raza celta; en el norte, los frisones y, en otro lugar, los sajones, de más cercana ascendencia germánica. Si bien al principio la conquista romana fue ventajosa para ambas partes, en breve tiempo se llegó a la rebelión, de los frisones primero y de los bátavos después, los cuale,s entre los años 68 y 70 d. de J.C. se unieron bajo la guía de Claudio Giulio Civilis, organizador de la revuelta. Pese a todo, los romanos y sus legiones permanecieron en estas tierras por otros tres siglos: en el 300 d. de J.C. la presión de las tribus germánicas empezó a hacer mella en el dominio romano.


Los bátavos desaparecieron casi inmediatamente; sólo los frisones, en el norte, consiguieron sobrevivir y oponerse a la nueva conquista de los francos. Igualmente difícil fue la obra de evangelización de estas tierras: en el sur fue llevada adelante por los reyes merovingios; en el norte, por el predicador anglosajón San Wilibrordo y por San Bonifacio. De todos modos, los frisones conservaron todavía sus creencias paganas por más de dos siglos. Durante el dominio de los carolingios, el impulso hacia la conversión se vio aún más acentuado: Carlomagno usará la fuerza para someter a frisones y sajones, pero al mismo tiempo les dará leyes que les gobernarán por más de dos siglos, además de dividir el país en distintas provincias gobernadas por condes, vasallos del emperador. Por otra parte, ya desde estos primeros siglos de vida, los holandeses se veían obligados a combatir no solamente contra los elementos naturales, el mar en primer término, sino también contra enemigos no menos temibles: los Vikingos, que con correrías e incursiones saqueaban y depredaban las ciudades y aldeas holandesas; solamente en el año 891 el peligro desapareció definitivamente. En 814, a la muerte de Carlomagno, el imperio carolingio se dividió y, después de varias luchas y cambios en el poder, Holanda quedó unida al Sacro Imperio Romano Germánico, junto con Bélgica.

A mediados de la Edad Media, los Países Bajos estaban formados por un conjunto de regiones que obedecían a los condes de Güeldres y de Holanda, al duque de Brabante y al obispo de Utrecht. Este período de la historia holandesa se caracteriza principalmente por las luchas que enfrentan entre sí a las distintas ciudades, que ya son ricas y poderosas; en un segundo momento, empero, serán las dinastías extranjeras las que se impongan sobre las locales: de entre las muchas (Wittelsbach, Bohemia, Luxemburgo), la de Borgoña logra dominar a las demás, gracias al matrimonio de Felipe el Valiente con Margarita de Flandes. El nieto de la pareja, Felipe el Bueno, consolidará el poder del abuelo, creando un gran estado que comprendía las diferentes provincias, dando vida a un ejército fuerte y regular, e instituyendo el Tribunal de Cuentas y los Tribunales de Justicia. A él se debe también la institución del Estatúder, una especie de gobernador que representaba oficialmente al soberano y tenía autoridad militar y política. A Felipe el Bueno le sucedió Carlos el Temerario, que murió en 1477 combatiendo contra los suizos en Nancy. Le sucede su hija María de Borgoña la cual, al casarse con Maximiliano de Austria, hijo del emperador Federico III, lleva los Países Bajos bajo la dominación austríaca. En 1500, en la ciudad de Gante, nace Carlos, nieto de los Reyes Católicos, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso: rey de España por parte de madre, duque de Borgoña y de los Países Bajos por parte de padre.

En 1519, a la muerte de su abuelo Maximiliano de Austria, es proclamado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; con justicia, podía afirmar que en su imperio nunca se ponía el sol. Comprensivo e indulgente en materia política, Carlos V, ferviente católico, no podía aceptar la religión de los Países Bajos y fue precisamente durante su reinado, por otros aspectos iluminado, que tuvieron lugar las primeras persecuciones y represiónes. También durante este período, la Reforma y la lucha contra la religión católica en los Países Bajos asumen dos aspectos: combatir por un principio y pelear contra el invasor extranjero. En 1555, tras la abdicación de Carlos V, sube al trono su hijo, Felipe II, completamente diferente de su padre: educado en España, no hablaba francés ni holandés, no comprendía los problemas del pueblo sobre el que tenía que reinar y era, por mentalidad, cultura y carácter, ciento por ciento español. La ruptura entre él y el pueblo holandés en el que, mientras tanto, iba penetrando firmemente la doctrina calvinista, se presentaba como inevitable. Se formó entonces un movimiento para contrarrestar la pesada injerencia española en los asuntos políticos, económicos y religiosos del país, a la cabeza del cual se pusieron tres hombres: el conde de Egmont, el conde de Hoorn y Guillermo de Nassau, príncipe de Orange; éste último era llamado Willem de Zwijger, es decir, Guillermo el Taciturno, porque tenía la costumbre de tener la boca cerrada y aguzar el oído. Entre los meses de agosto y septiembre de 1566, estallaron la exasperación y la rabia del pueblo: iglesias y monasterios fueron saqueados, profanados, incendiados y destruidos. La reacción de Felipe II fue terrible: envió a los Países Bajos, a la cabeza de un fuerte ejército, al duque de Alba, llamado el “duque de hierro”, que sometió el país a un verdadero régimen de terror. Hubo innumerables ejecuciones (murieron, entre otros, los condes de Egmont y de Hoorn); Guillermo de Orange (que mientras tanto había dejado el país) fue condenado a muerte en rebeldía; las ciudades insurrectas fueron saqueadas y quemadas. A partir de ese momento, dio comienzo una interminable y sangrienta guerra entre los Países Bajos - desgarrados también interiormente por las luchas religiosas que oponían a católicos, luteranos y calvinistas - y España; la guerra desembocó en el Tratado de Utrecht de 1579, en el que se sancionaba la completa autonomía de las Siete Provincias del Norte y se elegía el holandés como idioma oficial.

En 1584, en Delft, un francés llamado Baltasar Gérard asesinó a Guillermo el Taciturno; al príncipe de Orange le sucedió su hijo Mauricio, quien ofreció más de una vez la corona de los Países Bajos a Enrique III de Francia y a Isabel I de Inglaterra, aprovechando siempre la rivalidad que había entre estos estados y España. Las cosas mejoraron cuando los holandeses se decidieron a contar solamente con sus propias fuerzas: de la Unión de Utrecht nació la República de las Provincias Unidas, cuyo gobierno asumieron los Estados Generales. El ejército, al mando del príncipe Mauricio y fortalecido por el apoyo de las naves inglesas, derrotó varias veces, por tierra y en el mar, a los españoles, hasta que en 1609 Felipe III reconoció la independencia de la República Holandesa y firmó con ésta una tregua de doce años. Con el Tratado de Westfalia de 1648, todas las potencias europeas reconocieron el nuevo estado, hacia el cual creció la hostilidad de las potencias marítimas, en primer lugar Inglaterra. Holanda, al no ver ya amenazada su independencia, pudo desarrollar su economía y, en poco tiempo, se convirtió en el estado más rico y floreciente de Europa. Sus naves, rivales de las inglesas, surcaban velozmente mares y océanos: y si España cierra a las embarcaciones el acceso a los puertos portugueses, éstas van directamente a Java para cargar las especias. En 1602, Johan van Oldenbarnevelt fundó la Compañía de las Indias Orientales, a la que le siguió, en 1621, la Compañía de las Indias Occidentales. De las lejanas rutas orientales y africanas, las naves llevan a su patria especias, sal, oro, arroz, marfil y perfumes. En la patria se tejen telas, se construyen naves, se pescan arenques, se cazan ballenas, se tallan diamantes, se decoran cerámicas. Los comerciantes y los burgueses forman la clase dominante de los Países Bajos. A esta riqueza económica se equivale la riqueza cultural. La época de oro de Holanda abarca también el campo de la sabiduría y del arte: el pequeño país da al mundo genios como Erasmo, Baruch Spinoza y Hugo Grocio; y altísimos artistas, como Rembrandt, Frans Hals y Meindert Hobbema. El clima de gran libertad que se respira hace que Descartes pase aquí 20 años de su vida, escribiendo en Leiden el “Discurso del método”.

A los grandes descubrimientos del espíritu se suman grandes descubrimientos geográficos, tales como Tasmania y Nueva Zelanda, y exploraciones, como las llevadas a cabo en el territorio de Cabo de Buena Esperanza. Un grupo de peregrinos holandeses funda, allende el océano, Nueva Amsterdam, que más tarde se llamará Nueva York. Los horizontes se extienden. Tanta riqueza provoca la codicia y la envidia de Inglaterra, su más temible rival en los mares. Después de varias maniobras hostiles, en 1651 Cromwell hizo que el Parlamento inglés aprobara el Acta de Navegación, en virtud de la cual las naves extranjeras podían exportar a Inglaterra sólo los productos del propio territorio y debían rendir homenaje a la potencia naval inglesa. En resumen, Inglaterra exigía que fuera reconocida su superioridad. Las continuas luchas con los ingleses debilitaron la resistencia y la seguridad holandesas: se perdieron muchas colonias, muchos puertos ya no eran seguros. Después de Inglaterra, fue Francia la que disminuyó aún más las fuerzas del ya vacilante imperio holandés: Luis XIV, con su ambición de expansión consiguió movilizar numerosas potencias anti-holandesas, obligando así a los Países Bajos a tomar parte en muchas extenuantes guerras de coalición. Sólo en 1697, con la Paz de Ryswick, se pondrá fin a la larga contienda; por entonces el estatúder de Holanda, Guillermo III de Orange, casado con María - hija de Jaime II- era ya rey de Inglaterra y podía gozar justamente de la victoria diplomática que había sabido crear: los Países Bajos, Inglaterra, Prusia y Austria se unieron en una coalición contra las catolicísimas Francia y España. Con la muerte de Guillermo III, acaecida en 1702, se extinguió la dinastía de los Orange y el cetro pasó a la casa de Orange-Nassau, que es la dinastía reinante todavía hoy.

Durante todo el siglo XVIII, las tendencias monárquicas se alternaron con las republicanas, ofreciendo terreno fértil a las nuevas ideas procedentes de la Francia revolucionaria. El ejército de la Convención Nacional entró en los Países Bajos, poniendo fin así a la existencia de la República de las Siete Provincias, que ya contaba con casi 200 años de vida. El último estatúder, Guillermo V, atravesó el canal de La Mancha y se refugió en Inglaterra. El estado nacido de esta insurrección popular se llamó República Bátava, pero no duró mucho: en l806, Napoleón Bonaparte envió a su hermano Luis, consagrándole rey de Holanda. Luis Bonaparte supo ganarse en poco tiempo la simpatía de los súbditos, pero el bloqueo continental llevó el comercio holandés rápidamente a la ruina. Los Países Bajos fueron entonces incorporados al Imperio, convirtiéndose en una provincia francesa en 1810. En 1813 fue restaurada la dinastía de los Orange y el hijo de Guillermo V desembarcó en Scheveningen el 30 de noviembre, con el nombre de Guillermo I. Después de la derrota francesa en Waterloo, las fuerzas aliadas decidieron unificar los Países Bajos del norte y los Países Bajos del sur en un solo reino; el Congreso de Viena de 1815 sancionó esta decisión y Holanda, Bélgica y el ducado de Luxemburgo quedaron unidos en el Reino de los Países Bajos, gobernado por Guillermo I de Orange-Nassau. Se trató de un grave error político, porque después de más de dos siglos de separación lingüística, política, religiosa y económica, las dos provincias del norte y del sur estaban divididas por un profundo abismo: el norte era de religión protestante y lengua holandesa; el sur, de religión católica y lengua francesa; los flamencos eran de religión católica pero de lengua holandesa. En medio de estos conflictos intestinos se insinuó la voluntad política de Inglaterra que, no viendo de buen grado una fuerte potencia marítima en el mar del Norte, trataba de aprovechar las insurrecciones de Bélgica y apoyaba su independencia.

En 1831, la estrategia diplomática tuvo éxito: después de una revolución pacífica, Bélgica se separó de los Países Bajos; el trono fue ocupado por Leopoldo de Sajonia-Coburgo, nieto del rey inglés Jorge IV. Con los dos soberanos sucesivos, Guillermo II y Guillermo III, Holanda conoció un largo período de relativo bienestar económico y de nuevas expansiones. Agricultura y comercio florecieron, se dio inicio a la colonización en Indonesia, se pensó en introducir reformas sociales y en la expansión industrial: la neutralidad que el país había declarado durante la primera guerra mundial le permitió reforzar su prestigio económico. A Guillermo III, después de un breve período de reinado, le había sucedido su hija Guillermina. Durante la noche entre el 9 y el 10 de mayo de 1940, no obstante la renovada neutralidad de los Países Bajos durante el segundo conflicto mundial, las tropas hitlerianas, sin advertencia previa y sin ninguna declaración de guerra, atacaron las fronteras y empezaron a bombardear las ciudades. A este vergonzoso episodio le siguieron cinco años de sufrimientos, de luto y dolor del pueblo holandés: desde su exilio londinense, Guillermina no cesaba de incitar y estimular a sus súbditos a la resistencia. En 1945 el país quedaba liberado; en 1948, después de casi 50 años de reinado, Guillermina abdicó en favor de su hija Juliana, con la cual Holanda re-cu-peró su antigua prosperidad.

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